Esquirlas, fin del encuentro.

Yehon salió del trance con un fuerte dolor de cabeza y el sentimiento de haber sido desechado. Tras la cacofonía de ideas, y el torrente de imágenes del pensamiento superficial de la loba se había topado con un salón formado en su mayor parte por varias puertas. Varias pudo abrirlas pero la figura frente a él el llamó la atención. El hombre que lo miraba a los ojos se mantenía silenciosamente de pie en medio del espacio creado por la meditación de Alyana. Siguió a la figura y supo que lo que fuera ese ser tenía instrucciones de ayudarlo. Algo extraño dada la técnica con que había llegado a ese punto. No supo el tiempo que permaneció viendo las amarillentas y desgastadas fotografías. Las señales de haber estado cerca del fuego, el tenue aroma del humo mezclado con el papel marchito lo hacían sentir con más fuerza la nostalgia y la sorpresa de notar que el librero de donde el ser tomó el álbum era pequeño y tenía el símbolo de la Dama Jade y no el del grupo completo. El ser le había dicho que ese material pertenecía a la Dama por haberlo rescatado de entre los textos y las imágenes rescatados del incendio del salón de Alyana en la biblioteca a causa de su intento por olvidar mucho de lo vivido y los proyectos dejados a medias. ¡Olvidar qué! El ser no le aclaró más que el hecho de que lo que quedaba de los tiempos en que eran un grupo guiado por la gárgola y el bárbaro era más para la Dama que para la loba. “Porque ella estaba ahí para la Dama y porque eso agradaba al sahid”. Y el recuerdo del caballero se mezclaba con eso y con la historia de amor entre el bárbaro y la bruja roja de cuya unión él era testigo y guardián hasta que ya no fue posible.

Al apretar con un poco más de fuerza parte del libro comenzó a desmoronarse entre sus dedos y las palabras se deshicieron en letras, tinta desperdigada en polvo amarillento y gris en la luz espectral que llegaba desde las ventanas del lugar donde la voluntad de Alyana lo había llevado. ¡Eran demasiado frágiles los vestigios de esa historia! ¿¡Donde estaba ese largo escrito acerca de sus andanzas juntos!? La escena donde Alyana tomaba del morral de los guerreros un libro de encantamientos y relatos mientras los distraía con fintas de combate y los hizo temer que no lo devolvería hasta que la Dama se lo pidió como favor personal. Las tardes y noches comiendo juntos, riendo y bailando mientras la cerveza despejaba sus mentes de preocupaciones ajenos a ese momento. Los enfrentamientos con algunos de los seres que los obligaron a probar que en verdad deseaban estar juntos. Las risas y los gritos de furia acallados en ese espacio vacío al extenderse con ecos burlones en el espacio.

Separó la mano de la frente de la loba y la dejó apartarse sintiendo todavía esa amargura, el ardor de los ojos por las cenizas que todavía flotaban en el ugar donde quedaban los recuerdos de los diez años anteriores, poco más poco menos.

Alyana se alejó solo unos pasos. Su aspecto cambiaba de la forma humana a la canina como imágenes de una fotografía mal revelada. Tanto le estaba agotando ese encuentro.

El amanecer ya se vislumbraba en la lechosa claridad que se iba extendiendo en el cielo y la ausencia dela Luna sobre ellos. Algunas aves cantaban a lo lejos y los murmullos y leves sonidos de la naturaleza despertando los cubría ya con la fría indiferencia de lo cotidiano. Un día más comenzaba en un ciclo que no le importaba ser dividido en pasado, presente o futuro. Y esos cambios delataban que a pesar de que Yehon no recordara con claridad lo visto, la técnica del Inquisidor había cubierto gran parte de la noche en su búsqueda con una concentración tal que no notó la desaparición de la barrera. Alyana estaba demasiado agotada y tampoco notó la diferencia, su atención se enfocó de nuevo en el caballero que se restablecía pero cuyos ojos comenzaban a llamear mientras le hablaba.

--- ¡Cómo pudiste olvidarnos así!

Alyana afirmó su forma semihumana, erguida de espaldas a la aurora, inclinó la cabeza a un lado con un movimeinto lento y la mirada fija en los ojos de Yehon.

--- ¿Y dónde estaban ustedes mientras mi alma se moría de pena? – Siseó la loba entre dientes --- ¡Jade estaba ahí! --- Aulló lanzando una dentellada al aire-- ¡Ella dio su tiempo y energía en salvar cada recuerdo!

--- Si eres mi amiga tienes que entender que estoy ocupado. Tengo muchos deberes. . .

El gesto de desdén en ese rostro lo dejó sin poder terminar la frase. La mirada de la loba era gris como las nubes antes de una gran tormenta. Lo veía de reojo, con un creciente desprecio que no se molestaba en disimular. Yehon notó cómo de nuevo su energía tomaba parte de la fuerza de una de las reliquias que siempre llevaba con él.

--- ¡No me juzgues! ¡No tienes derecho de juzgarme después de lo que hemos pasado!
Aunque, te perdono. Lo que me debes queda saldado.

Alyana soltó una fuerte carcajada teñida de rugido. Con los brazos estirados sobre la cabeza, de pronto se dio cuenta de que ya podía sentir fluir la magia por su sangre, la vio tomar forma en la punta de sus garras, sólo unas chispas. Pero lo bastaron para calmarse.

--- ¿Y qué quieres Yehon? ¿Qué puede pedir alguien que nunca está cuando es conjurado?

A pesar del enojo. El guerrero se dio cuenta que la pregunta era legítima. La loba ya estaba atenta a sus palabras al ir retomando la actitud de quien dialoga entre iguales. Su mirada permanecía nublada, pero ya era de frente a él y no con alguna postura ajena a quienes se encuentran para conversar.

--- Lo único que pido es compresión, estoy pasando por una etapa de mi vida muy pesada. Dime: ¿Sabes lo que traigo en mi corazón?, No sabes que estoy enfermo ¿Verdad? ¿No sabes las preocupaciones que traigo verdad? ¿No sabes los pendientes que traigo verdad? no sabes todo el trabajo que traigo y responsabilidades ¿Verdad? No sabes que pasa con mi familia ¿Verdad? Dime sabes todo eso? ¿Realmente conoces lo que me esta pasando?... lo único que te pido es que me comprendas y no juzgues sin antes saber. ¡Ni siquiera te imaginas todas las cosas que están pasando en mi vida en este momento...!

Y contra lo que esperaba la loba se dio la vuelta, su cuerpo se reducía de tamaño mientras le daba la espalda y avanzaba a donde estaban los árboles donde quedaban esquirlas de los cristales que el caballero usó para crear la barrera.

Sorprendido. Yehon la alcanzó y la sostuvo un momento por la nuca como a un perro que escapa sin que ella opusiera resistencia.

--- Muchacho. Te dejé ver en mi mente que todos tenemos grandes penas en la vida cotidiana. Y vienes a aullarme como un cachorro recién destetado.

Yehon ni supo si el doloroso frío que recorrió su brazo y lo hizo soltarla vino de ella o de la reacción que sentía él mismo por esas palabras. Pero la soltó como quien suelta un carbón encendido que le hubieran arrojado.

--- ¡Tú no me permitiste nada! ¡Yo usé mis habilidades!

Ella volvió a tomar una forma semihumana antes de seguir hablando.

--- ¿Y tú crees que alguien que ha tenido una vida como la mía va a tener su memoria sin pesadillas? Tú sólo viste lo que buscabas porque te ayudé. No te juzgo. Siento pena. No has aprendido a confiar en tus amigos. Te has encerrado en tu pesadilla y no quiero acompañarte a donde te lleva.

Mientras Yehon trataba de reactivar la circulación del brazo y estabilizarse. Alyana recuperó la forma canina y se mezclo entre los elementos del bosque que lo rodeaba. Y fue cuando pudo sentir la presencia del ser que los estuvo observando en lo alto de uno de los árboles. Su vestimenta había cambiado y la máscara metálica era nueva pero el guerrero conocía esa esencia desde hacía años. No lo saludó al intuir que ya hacía bastante tiempo que los acompañaba en silencio.

--- Tú quitaste los cristales.

--- Ya habían cumplido su propósito. --- Le respondió el cazador sin bajar del árbol.

--- ¿Sabes que estuve a punto de matarla?

--- Me habría asegurado de que te arrepintieras.

Un rayo del creciente Sol dio de lleno con el metal de la espada que Haytham había desenvainado mientras hablaban, deslumbrando a Yehon.



Despertó en casa. Sabiendo que no volvería a ver a la loba en ese o en otro mundo por mucho tiempo y que el cazador no la había dejado tan sola como ella creía.

Duelo entre amigos

Durante unos momentos parecía que la pelea no era más que una danza. Tal como alguna vez dijo Alyana, perros girando entre ellos, olfateando el miedo. Pero en ese breve círculo no había tal emoción. Si mucho la sorpresa de un adversario distinto al imaginado.

Yehon se dio cuenta de que ella seguía sin patear. Teniendo cuatro ágiles patas se centraba en atacarlo con las garras y los colmillos. Y se alegró de haber podido reducir las ventajas de su contrincante al impedirle distraerle entre las ramas de los árboles o usar magia. De poder usar alguna de esas herramientas la batalla se habría complicado demasiado. Tal como pintaban las circunstancias el caballero pudo bajar un poco más la guardia. Ella no traía armas o sí las portaba las tenía unidas a la magia y no a su aspecto lupino.

Alyana se sentía desbordar. Hacía mucho tiempo que no le exigían tener tanta atención a un enfrentamiento. Los meses recientes le bastaba con luchar con algunos cuantos monstruos para mantener su status dentro de la guarida del ser al que había decidido eliminar pero que se mantenía oculto en algún sitio al que ella todavía no conseguía llegar a pesar de haber extendido su abanico de rastreo en zonas que comúnmente no tocaría. Y ahora estaba frente a alguien que no podía eliminar porque había lazos de afecto e historia que todavía no deseaba romper. La dama Jade no le perdonaría romper así con esa parte de sus vidas a pesar de comprender que una vez iniciada la batalla no puede ser detenida tan fácilmente. Sin importar los sentimientos.

La fuerza en las patadas de Yehon ya había hecho mella en la capacidad de lucha de la loba con cada contraataque sorpresivo. Sin importar cuánto pretendiera engañarlo con fintas, él ya estaba en movimiento para cuando realizaba el golpe o lanzaba la dentellada. Y la loba se alegró de no usar las patadas pues quedaba clara su desventaja frente a Yehon y su agilidad. Era muy probable que la sujetara en un solo giro, usara ese mismo impulso para llevarla al suelo elevando aún más la pierna usada en la agresión, derribándola hasta que su espalda se tendiera en el pedregoso suelo y teniendo en su desconcierto la ventaja para caerle encima, enredarle los brazos con una pierna y terminar el gesto rompiendo su cuello. Estaba también el asunto de no poder extender su campo de acción. Los cristales habían formado un campo de fuerza que respondía al aura de Alyana como un opuesto. Ya parte de su pelambre mostraba marcas de quemaduras por las veces que al saltar para evitar un ataque chocó con la barrera. El chisporroteo una vez la divirtió al rozar con la punta de las garras esa pared y verlas brillar como luces de bengala. Pero la parte más atávica de su psique comenzaba a dar muestras de la claustrofobia que la sensación de no poder irse le producía.

Yehon no lograba que ella separase las patas traseras, Alyana había cambiado de estrategia permaneciendo en el centro del claro y girando unas veces a dos o cuatro patas pero siempre con la guardia de sus mandíbulas en alto, gruñendo con los belfos contraídos en ondas paralelas que resaltaban la profundidad de la quijada y el largo de los colmillos. Su nivel de tierra permanecía más allá de cualquier otra estrategia y el caballero sabía que ninguna patada a nivel del suelo tendría más resultado que chocar con la figura antes de que los colmillos buscaran el tobillo tras el movimiento de las garras descalzándolo.

Alyana casi deseó que el muchacho no se basara tanto en las piernas para su ataque. Ya más de una vez se había imaginado poder aferrar el brazo y hacer su ataque más acostumbrado al costillar pero Yehon se mantenía siempre a muy prudente distancia.

Una vez Yehon optó por ser el agresor con una patada con ambos pies que Alyana desconocía. No era la llamada “patada del dragón” de las costumbres orientales. Esta era lateral y depende completamente de la cintura al usarse muy poco espacio para tomar el impulso que toma el peso de la persona para darse fuerza y que dejó a la loba impactada de nuevo en el suelo con la sensación de que poco le había faltado para perder la cabeza, literalmente. Aunque esa técnica rompió la inercia de la pelea no le dio al guerrero ninguna ventaja pues la loba se hizo ovillo al rodar aferrando las rodillas con ambas manos y dejando la cabeza dentro; giró por el impacto, chocó escandalosamente contra la barrera y la usó de trampolín contra él desenredándose en el aire de una forma casi felina. Impactándolo ahora a él en los segundos que tardó en recuperar el equilibrio después de haber estado con todo en cuerpo en el aire y haberla contactado con tanta fuerza.

Fue cosa de milímetros para que le desgarrara el cuello. La raya tras la oreja sangraba ardiendo por la tierra que traía la loba entre los dedos. Parte de la mejilla tenía otra entrada de la garra pero no era tan pronunciada como esa hilo de sangre que escurría tras la oreja. En el hombro quedó también la marca de las zarpas de la pata trasera al haberle servido de punto de apoyo a la loba para cambiar el salto y apartarse de él y cualquier contraataque.

Las marcas en el suelo delataban ya lo largo de ese enfrentamiento. Manchas negras sobre el gris de la tierra quemada por el sol, huellas amplias y borrosas, trazos fantasmales donde los cuerpos cayeron, Espacios abiertos entre la grava que había ido asentándose en el paso de los meses. Trozos de varas rotas y hojas machucadas en algunos puntos donde el impacto de la revuelta arrancó el extremo de una rama que quedó dentro de la barrera. El brillo de la Luna iluminaba el espacio ampliándose en la esfera formada por el guerrero como suele pasar en los rayos del Sol sobre las burbujas.

La sorpresa y el dolor desconcentraron a Yehon por unos momentos haciéndolo liberar parte de la furia reprimida en la vida cotidiana. ¡Cómo se atrevía esa bestia a herirle!

Las cruces de fuego se materializaron al momento dentro de la barrera en un círculo perfecto conformado por una estrella de seis picos. Una de las técnicas más comunes de los cazadores de monstruos y favoritas de Yehon en otras circunstancias. La devastadora estrella de Salomón multiplicada por las cruces de fuego purificador que tiene su origen en el ardiente espíritu del guerrero y su reliquia transmitida de generación en generación por las familias relacionadas con la Orden desde sus inicios. La sentencia de muerte de cualquier ser de sombra o penumbra que se encontrara dentro.

Alyana se quedó de pie observando el fuego cobrar la forma y rodearla. Totalmente confundida. Ella había fallado intencionalmente y Yehon ahora iba a destrozarla sin importarle que con el desgaste de la batalla era muy probable que despertase muy enferma en la realidad que en verdad pertenecían. ¿O pretendía intimidarla? ¡Peores cosas había pasado en ese mundo!

La loba se irguió con los brazos y las garras extendidos a los costados hasta que sus hombros y espada crujieron. Antes de lanzar el largo aullido de reto que solo en ese mundo lograba emitir como deseaba.

Sin saber todavía lo que hacía Yehon reaccionó a la actitud y el sonido sin liberar el ataque de las cruces. Mientras un brazo se doblaba a la altura del pecho y el otro se tendía hacia atrás, sus piernas formaron la tijera sobre la cintura de la figura humanoide al momento que el brazo de atrás servía de apoyo en el suelo para Yehon en un solo impulso que obligó a la loba a doblar las rodillas y caer hacia atrás con los brazos en alto con una pierna del guerrero sobre su abdomen y la otras tras las rodillas solo uno o dos segundos antes de que la fuerza de las piernas de su adversario la hiciera girar sobre si misma con las patas traseras arriba liberándose de la tijera el guerrero y quedando sobre la desprotegida cabeza.

Las llamas se esparcieron por la barrera sin producir daño. Alyana estaba vencida, tendida en el suelo y con la cabeza sujeta por su adversario, con una mano de Yehon sobre su frente. Ya no tenía caso seguir tratando de pelear. Ese movimiento había sido limpio, y ella ya no tenía más energía.

El caballero no entendía lo sucedido. Había estado a punto de matarla, de eso no le quedaba duda. ¿Y quien se lo podría reprochar? ¿No era parte de ese mundo que los amigos se volvieran adversarios? Pero esa no era la forma como quería permanecer en ninguna parte. Él la había acorralado en busca de respuestas, y ahora que ya no lo enfrentaba, las obtendría.

--- Como se te capaz de mentir viendo a los ojos. Y he ganado.

Alyana sintió cómo parte de la voluntad del guerrero entraba por su frente a su psique buscando recuerdos. Una amarga sonrisa apareció en su rostro, sus ojos se opacaron. Esperaba que el muchacho hubiera aprendido a controlar ese poder, “El don del Inquisidor” porque le era muy posible que esa batalla resultase mucho más agradable que lo que podía encontrar entre las cenizas de sus memorias. En la verdadera Caja de Pandora que es el pensamiento humano.

La emboscada.


Alyana no se dio cuenta de la trampa. Avanzaba en su forma canina trotando por la calzada olfateando la humedad y los perfumes de la floresta que los rodeaba con el deleite de quien extraña viejas sensaciones que le vuelven a ser concedidas. Incluso la alarma que su cercanía generaba entre los animales pequeños parecía alegrarla hasta que se detuvo en seco a unos pasos de donde permanecía Yehon. Solo ese árbol quedaba en medio del cruce de caminos. La vieja tabla que señalaba los nombres de los poblados a los que se podía llegar colgaba de un oxidado clavo a punto de caerse pero ella no miraba la tabla sino el pedazo de cristal incrustado poco más arriba.

Yehon se separó del árbol con una lentitud teatral mientras señalaba a otro cercano al camino por donde había pasado Alyana.

--- Sí. Son de tu viejo bastón. --- Respondió a la muda pregunta. --- Al dejarlo en la capilla cediste el derecho de que lo usaran como quisieran los miembros y alguien lo dejó a mi cargo. Ahora tu magia quedará presa de los cuarzos.

El belfo superior de la loba comenzó a levantarse exponiendo los colmillos mientras las patas delanteras se afianzaban a la tierra en un ángulo cercano a los treinta grados respecto a las posteriores. Los cortos pasos atrás no la alejaron demasiado antes que el domo de luz se formara reflejando los decrecientes rayos del Sol. Alyana comprendió que el caballero no fanfarroneaba, la trampa era perfecta, cualquier uso mayor de energía haría más fuerte al campo que los rodeaba alimentándose de su propia energía. La Luna comenzaba a dejarse ver con toda su plenitud haciendo de ese encuentro una escena peculiar en su carácter de clásico en las historias de tema. La bestia de la penumbra contra el caballero de luz en un campo de batalla alumbrado solamente por el plenilunio. Dos amigos colocados en lados opuestos del tablero.

Yehon meneó pesaroso la cabeza. --- Eres tú quien nos trajo a este punto. Tú me forzaste a verte como mi adversario tras todo este tiempo queriendo ser amigos.

--- Libérame y esto se resuelve pronto.

Alyana observó el lugar con atención. Era claro que no tendría escapatoria. Sus ojos pasearon por el lugar sin que su atención se apartara de su ahora contrincante.

Yehon inclinó el cuerpo, sus manos aparecieron a los costados abiertas, sin armas visibles. Las piernas flexionadas le daban el aspecto de un simio pero la loba sabía bien ya lo que implicaba esa postura aparentemente tan abierta. El caballero traía una vestimenta semejante a la de sus amigos, pero adaptada a él de una forma que lo alejaba tanto de los miembros de la Orden como de muchos otros referentes. Estaba decidido.
--- Heriste de muerte a un caballero. A pesar de que te dije que te cazaría. Hace mucho que no nos vemos, es verdad, pero mis ideales son los mismos que cuando nos conocimos.

La notó aspirar para controlar la expresión de sorpresa. Las pupilas se dilataron.

--- Si tanto quieres enfrentarme podrías citarme en el coliseo, lucharíamos bajo las reglas. No era necesario que elaboraras tanto tu trampa, ni que perdieras el tiempo buscándome.

--- No. Pelear en el coliseo es atenerme a las reglas y eso no es lo que quiero. Quiero que me digas lo que pasa. ¿Por qué has traicionado todo en lo que creíamos?

Los pies de Yehon ya se movían al frente y atrás con un paso lateral rítmico como el pulso. Algo semejante a un círculo de energía personal podría verse si alguien empleara la observación de aura.los brazos trazaban también diversos arcos que terminaban con una palmada frente al rostro del guerrero. A simple vista podía parecer que se encontraba vulnerable por una postura tan abierta pero era la velocidad del movimiento y lo difícil de leer la intención respecto al siguiente paso lo que impedía a la loba atacar a un blanco que no se cubría con una guardia establecida. El rango de movimientos de Yehon era mucho más amplio de los de ella gracias a los márgenes establecidos con los cuarzos que delimitaban su energía. Bien podían permanecer así por horas antes de que él diera su golpe, pero eso dejaría a Alyana endeble frente a la tormenta que se cernía sobre ella con un adversario como Yehon.

Por eso ella decidió seguir la rutina de los caninos en ese caso. Se lanzó como una flecha al frente directo al cuello de su amigo pensando que la contraatacaría con alguno de los brazos en un giro que la arrojara lejos por el mismo impulso. Pero Yehon apoyó una rodilla en el suelo con la otra doblada al frente, poniendo el brazo a la altura del cuello para cubrirse, rodó y se levantó con una vuelta completa de cuerpo usando las manos para impulsarse hacia un lado pateándola en el aire y continuar la extraña danza con la que empezó justo al llegar sus pies al suelo.

La loba terminó el recorrido con un fuerte golpe de costado que la arrastró hasta los arbustos cercanos, y las huellas de Yehon marcadas en el pelambre del costado opuesto. Había sentido el crujir de las costillas al desacomodarse o tal vez romperse por el golpe recibido y agradeció que fuese noche de Luna llena. Se levantó un poco temblorosa mientras se regeneraba. Tomó una forma más humanoide y trató de hablar con el poco aire que conseguía asimilar ganando tiempo para su siguiente movimiento pero no consiguió mas que un sibilante.

---Yo no traicioné nada.

Al verla sufrir para respirar Yehon estaba preocupado. Haytham tenía razón respecto a que ella no sabía visualizar batallas. Pero también era cierto que no pretendía detenerse a hablar con él. Si luchaba como realmente sabía, podría lastimarla con suficiente gravedad como para que las secuelas la siguieran hasta la vida cotidiana y hacerle verdadero daño, pero si no luchaba ella seguiría sin decirle la verdad. Y quedaba claro que el destino exigía que coincidieran por lo menos un tiempo en ese extraño mundo. Cambió sus movimientos a giros con todo el cuerpo, la mano apoyada una después de otra en el suelo para poder dar una vuelta completa con ambas piernas en el aire forzando a Alyana a mantenerse en medio del extraño triángulo que formaba el cruce de caminos. Ella parecía reponerse pronto. Cosa que lo alegró. Observarla era como volver a vivir esa tarde que su hermano y él llegaron hasta donde la dama de Jade y la loba jugaban y el cómo la loba los puso a prueba desde el primer minuto para ver si podía confiar en ellos para cuidar a la dama. Ahora ella lo estaba midiendo para algo pero no lograba imaginar de qué se trataba. La forma actual, son el traje de hechicera, el bastón ni el unicornio como solía dejarse ver cuando recorrían esos mismos lugares en compañía de los otros. Cuando Alyana tenía otro nombre y creían que el grupo sería un fuerte círculo de mutua protección, un tiempo que ya no tiene nombre.

Alyana estiró los brazos lado a lado mientras aullaba con las patas posteriores firmemente sujetas al suelo. No resultaba una bestia tan impresionante como le había parecido en la casa del pueblo pero eso tenía mucho que ver que en esa ocasión debía reaccionar con muy poco tiempo para observarla. Además de que en ese momento ella tenía a su disposición toda la magia que su conocimiento sobre el lugar le daba al ser capaz de imaginarse en su plena expresión.

Si estuvieran en un duelo del coliseo la diferencia de habilidades y conocimientos de pelea sería irrelevante al momento que los adversarios aceptaran la batalla. En ese caso la lucha sería hasta que el daño fuese tan grave como para la rendición o que la psique del vencido lo sacara del escenario despertando. Yehon eligió esa emboscada precisamente para evitar llegar a ese punto sin imaginarse que esa circunstancia lo llevaría a tomar control de cada movimiento. No tenía tiempo para desvariar sobre esas circunstancias porque en cualquier momento uno de los dos entraría en el ritmo de combate habitual en ellos y eso solo podía terminar mal.

El rugido de la loba llegó a los oídos del caballero con segundos de diferencia. El chasquido de los colmillos al chocar cerca de su oreja no lo distrajo de las garras apuntando a su abdomen. Ella estaba lista y comenzando el ataque verdadero con una velocidad superior a la esperable para alguien que no suele practicar deporte y no sabe calcular la velocidad y fuerza necesarias. Excepto porque era la parte básica, animal de ella la que reaccionaba de acuerdo al la serie de imágenes subconscientes acumuladas que la guiaron bien. Obligando a Yehon a evitarla con un giro lateral cubriendo con el brazo el cuello y desviando con una pierna el ataque de las garras frontales mientras que la otra llegaba hasta la mandíbula de la bestia con un impacto cercano a la oreja que consiguió atolondrarla un poco mientras sangraba levemente y le daba tiempo al guerrero para apartarse de ahí con un salto a dos manos impulsado con las piernas de espaldas, cambiar en cuanto los pies tocaron el suelo por el movimiento de medio círculo trazado por los pasos que se daban de adelante hacia atrás y de un lado a orto con las manos abiertas frente a él.

Había sido solo cuestión de reflejos quitarse de la trayectoria de esas mandíbulas y de costumbre por los años de práctica evitar las garras. Lo que personas menos conocedoras de la diferencia de habilidades habrían clasificado como suerte.

Cruce de caminos.


Yehon la sintió llegar antes de que ella lo identificara. Era una de las ventajas del lugar que el caballero había elegido para ese segundo encuentro con Alyana. El cruce de caminos entre esas montañas la obligaba a perder de vista una parte de la vereda una vez que se comenzaba el ascenso a la colina y esa era la principal razón por la que la loba no podía intuir que estaba siendo esperada o quién era el que permanecía ahí.

Era una tarde hermosa. Fresca por la lluvia de las primeras horas que el Sol no conseguiría evaporar del todo antes del anochecer. Los animales de las cercanías ya se habían acostumbrado a la presencia del humano y seguían con su rutina apenas incomodándose cuando debían pasar cerca de Yehon para llegar al tronco del árbol donde él permanecía sentado o si la curiosidad de alguno de los más jóvenes lo llevaba a explorar la mochila oculta atrás de unos matorrales cercanos. Algunos pájaros peleaban en la parte más alta y ocasionalmente bajaban a revolcarse en su lucha en la tierra del camino antes de desperdigarse. Siendo precisamente esas criaturas los encargados de advertirle al caballero si algo cambiaba en el ambiente antes de que cualquiera llegara hasta esa brecha del camino.

La familia de ardillas que descubrió hurgando en su morral la mañana que llegó hasta ese lugar ya habían optado por alejarse hasta el inicio del bosque al notar que el no tenía planeado irse pronto tras dejarle caer cáscaras, ramas y otros objetos desde su nido.

El suelo ahora quedaba sin polvo que pudiera levantar la brisa, lo suficientemente firme como para que se marquen las huellas pero no tanto como para ser un lodo resbaloso o traicionero en su profundidad. La vereda permanecía despejada sólo por la voluntad de los cazadores de temporada que aún recordaban ese atajo y algunos bandidos que ocasionalmente lo usaban para evitar ser encontrados por los guardianes de los distintos dominios o por los miembros de la Orden que atendían el llamado de auxilio de alguna comunidad. Fue uno de esos bandidos el que le había enseñado el camino a Yehon como agradecimiento por protegerle de un insecto gigante despertado de su letargo en una cueva donde se acostumbraba ocultar el botín de un legendario criminal al que la orden nunca logró doblegar para que confesara dónde lo tenía oculto pues se suponía que era tan grande la fortuna que habría sido la perdición de varios dominios pequeños si alguno de los mayores daba cuenta de ella y que el bandido fue miembro de la Orden y perdió la fe tras la desafortunada muerte de una mujer inocente a manos de los caballeros. Esa fue una de muchas de las historias que el bandido le platicó acerca de ese tesoro imposible de alcanzar y que crecía cada vez que alguno de los ladrones decidía cambiar su vida, pues era tradición ir a depositar en esa cueva al menos una parte de lo robado como muestra de arrepentimiento por el sufrimiento inútil que se causó con la ambición.

Todos los ladrones le decían a los novatos dónde estaba dicho tesoro porque era una forma segura de librarse de competidores desleales. Cualquiera que valorara más la riqueza que la vida iría tras la recompensa a la primera oportunidad y no se detendría hasta obtenerle o morir. Y dado que ninguno de los grandes y poderosos hablaba acerca de cualquiera que hubiese logrado esa proeza era obvio que todos esos corruptos habían encontrado la muerte.

El guía de Yehon fue de los desafortunados que llegan al lugar en mal momento. Llevaba su ofrenda a la cueva porque había quedado muy dañado después de estar en campo abierto un crudo invierno que no encontró un sitio para refugiarse sin el peligro de ser descubierto por los cazadores de recompensas o algún bien intencionado pueblerino tras haber asaltado a un grupo de nobles que vacacionaban por ese dominio gobernado por un heredero déspota que no conservaba el menor grado de agradecimiento hacia la gente que cuidaba de él y su familia a pesar de los consejos de su padre. ¡Una vieja historia! El asunto es que el ladrón tuvo que dormir sin algo más que su ropa en un hoyo cavado por él mismo al borde de una roca para protegerse del frío porque el asalto había resultado un fracaso total por una alerta emitida a tiempo desde la posada donde habían pasado la noche. Tras el dolor de su cuerpo congelándose, los cuidados recibidos después de ser encontrado por un joven sirviente del gobernador que al huir de ser asaltado por un grupo de bandidos cuya descripción coincidió con la de los antiguos camaradas del rescatado y que había tomado una larga desviación de regreso al pueblo principal tropezó con un bulto amorfo junto a la roca donde él solía detenerse a descansar y protegerse del fuerte viento invernal cuando debía tomar esa ruta en sus trabajos como mensajero personal del patriarca. El ladrón decidió que era demasiada la suerte que tuvo de sobrevivir y que volvería a casa a pasar sus últimos años trabajando a favor de su comunidad de manera directa y limpia, y llevaba a la cueva solamente la ropa de ese invierno, unas figuras talladas por él mismo en madera y algunos objetos del mismo estilo pues no había vuelto a robar.

El ladrón entró a la cueva por uno de los accesos secretos y llegó hasta donde el anciano que le habló del tesoro decía que estaban los túneles cavados en el suelo para que los que desearan dejar su contribución pudieran arrojarla sin correr peligro cuando un grupo de cinco forajidos armados con lanzas, espadas, cuchillas y piezas diversas de armaduras entró por uno de los otros pasos y lo descubrió mientras realizaba el rito.

Les fue fácil obligarlo a obedecer y bajar por uno de los túneles, lo enviaron a oscuras a explorar, como vil carnada para cualquier ser que custodiara el tesoro. El ladrón reconoció el olor de carne descompuesta casi desde la mitad de su descenso y supo que caería no solo encima de piedras preciosas, monedas de diversos valores, ropa fina y varios objetos más sino sobre los restos de seres humanos y animales. Agradeciendo entonces que la oscuridad sería lo suficientemente profunda como para no ver los cadáveres ni las criaturas que se alimentaban de ellos en esas profundidades. Avanzó a gatas, con la cara cubierta por su camisa que anudó envolviendo la cabeza en cuanto pudo tras revisar que no se había hecho más que unos cuantos rasguños y posiblemente feos moretones al caer. Cuando los otros cinco notaron que la cuerda avanzaba y que el ladrón daba los tres tirones acordados, se organizaron para bajar con la lámpara encendida. El ruido de los sujetos al bajar que iba extendiéndose le advirtió al ladrón que sus captores ya no lo necesitarían y decidió arriesgarse a seguir a ciegas por el terreno desconocido y solo antes que permitirles a esos tipos elegir la forma de su muerte. Amarró la cuerda a lo que pudo y siguió adentrándose en las tinieblas. Sus lentos y cuidadosos movimientos, se mezclaron con los susurros y crujidos propios del lugar en poco tiempo. Su respiración era amortiguada por la tela y era lenta y profunda pues el ladrón trataba a toda costa de mantenerse ajeno al lugar y sus olores que iban impregnándolo conforme pasaban los segundos como gotas que caen deslizándose por la superficie de una pared.


Las risas de los hombres rebotaban entre las paredes de las cuevas y los túneles multiplicándose y desvariando como si en alguna parte hubiera una gran fiesta de dementes. Había en sus tonos desde la más absoluta sorpresa hasta la burla más hiriente y el ladrón sabía por qué era tan fuerte el contraste. La felicidad de saberse en medio de una de las más amplias riquezas jamás descritas y la mofa por los restos de aquellos que murieron ahí, en esa misma búsqueda de poder y gloria. Las risas de los ebrios poco antes de volverse violentos sin motivo racional y de los demonios que gozan con la muerte. La risa que se corta con el aliento cuando descubres que alguien te acaba de clavar una cuchilla y tu tiempo se escurre entre tus dedos como la sangre que cae al suelo creando extraños dibujos muy semejantes a flores.

El ladrón estaba lo suficientemente lejos como para no temer ser descubierto por sus enemigos y las voces no tenían el mismo estruendo que seguramente los dejó son poder distinguir el sonido que le heló la piel a su anterior carnada y lo obligó a detenerse con la espalda pegada al túnel, casi fusionándose con la tierra y las piedras de la pared. En un principio pareció como un silbido, pero no era eso. El ladrón nunca lo pudo describir. Después se dio cuenta que era un zumbido lejano pero muy potente que se repitió a intervalos más de catorce veces. El golpe retumbó por todo el lugar y produjo el silencio hasta en la cámara donde estaban los cinco que lo obligaron a bajar. Momentos después algo aplastó los objetos en el túnel donde el hombre había estado avanzando y lo rozó con una textura lisa pero dura a la altura del pecho por un largo rato, el miedo le quitó la noción del tiempo al hombre ante el ruido de los huesos al romperse, al sentir los animales más pequeños huyendo sobre su cuerpo sin importarles si era o no parte de la tierra. Y después los agudos chillidos de terror que se cortaron bruscamente.

Lo único en lo que pudo pensar el ladrón fue en que si los seres que mataron a los cinco hombres entraron y pasaron tan cerca de él, era porque había una salida en ese mismo camino. No le quedaba otra alternativa que avanzar por ahí lo más rápido que pudiera mientras esas cosas se alimentaban de los muertos y todavía no lo descubrían. Había tenido mucha suerte de alejarse de la luz y de evitar hacer demasiado ruido pero solamente esa pues si no hubiera estado entregando su ofrenda cuando ellos llegaron no habría estado en ese peligro. Por lo que no sentía ninguna compasión para esos cinco que no lo dejaron irse al ver que no era más que un simple ladronzuelo dejando baratijas en una cueva. Avanzó siguiendo el rastro de las ratas y otras alimañas que huían de los insectos gigantes cuando llegó a la cueva donde estaba el espacio diseñado para separar los distintos usos de los insectos gigantes de la superficie y el criadero preparado por el legendario prófugo para que nunca faltaran insectos que acabaran con los ladrones que fuesen tras el tesoro.

La salida a la superficie daba a un coliseo organizado por diversos grupos relacionados con los dominios. Un sitio empleado únicamente para que quienes así lo desearan se enfrentasen a lo que quisieran en luchas organizadas de muy diversas maneras y por cualquier motivo que se le ocurriera a quine pudiera pagar los servicios del lugar. Ahí había sido invitado Yehon a practicar un poco sus habilidades de combate, era su turno y alguien había ya elegido para él la lucha contra insecto usando para atraer al animal una mezcla de químicos. Cuando vio la mano del hombre tocar el borde de la salida y lo rescató justo a tiempo.

El caballero se acordaba muy bien de la sorpresa que sintió al ver esa pequeña mano tocando la arena en medio del círculo donde esperaba la monstruosa criatura con la que le tocaba luchar. El sucio rostro cuyos ojos reflejaban terror y gratitud a la vez, el olor a orina, podredumbre y muerte que traía consigo el indefenso humano que salía silencioso de un pozo donde se suponía no había más que esos insectos. Su alegría de poder sacarlo del peligro cuando la punta de una antena comenzó a pasar junto a la espalda del hombre obligando a Yehon a arrojarlo a un extremo del círculo y gritar con toda la fuerza de sus pulmones para que la criatura no siguiera el movimiento del cuerpo que emergió con ella sino el suyo hasta que los encargados del lugar cerraran con una roca impregnada de otro químico la entrada del pozo. Dejó de pelear por diversión para combatir por la vida de ese desconocido tendido inconsciente en la arena.

Yehon ya no se acordaba quién sacó al ladrón del círculo, ni si al final fue con ayuda que logró matar al insecto. En los dos días que llevaba esperando a la loba no consiguió acordarse de esos detalles.

Solo se acordaba que había visto salir al hombre como quien sale del purgatorio tras redimirse y que había decidido que lo acompañaría hasta que entrara en su hogar y fuese recibido por sus seres queridos como quien era en verdad. Un hombre en busca de una nueva vida.
En cuanto pudo ver a la loba, clavó en la corteza del árbol, poco más abajo de lo que había pensado dejarlo, el último de los cuarzos que cerraban la trampa que le había tendido. Había llegado el momento de pensar en el presente.

Prófugo

Yehon se quedó meditando por largo rato sin atender nada a su alrededor. Comprendía el peligro de caer presa de la claustrofobia en sus circunstancias. Él se sabía inocente y confiaba en la Orden a pesar de que ellos desconfiaran de él. Estar en ese espacio tan quieto le era útil en verdad para descansar su mente de todo lo que cargaba en la vida cotidiana y sabía bien que su psique no lo dejaría salir de ese asunto si no era mediante el giro de las circunstancias o la intervención de otra persona. Cuestión muy dudosa desde que cada uno de los amigos había continuado sus caminos desde la universidad.

Así que se encontraba repitiendo uno de sus mantras, totalmente centrado en reponer su energía cuando escuchó un extraño silbido sobre su cabeza. Un ruido que alguna vez creyó escuchar cuando el hielo esta por reventar. Su cuerpo se movió antes de que su mente registrar el recuerdo y justo a tiempo para evitar el golpe de lo que hasta hacía unos momentos era la ventana de su celda, ahora destrozada en esquirlas de cemento y metal que caían rodeando la cadena en cuyo otro extremo Yehon ya sabía quien le esperaba.

¿Quién más si no ese necio habría entrado en la fortaleza solo en pleno día a sacar a un amigo?

El cazador recogió la cadena en cuanto Yehon estuvo arriba y se deslizó a uno de los callejones. La risa baja de quien hace una travesura no tranquilizaba al rescatado pero lo hacía revivir la diversión de otros momentos en un espacio y tiempo muy distintos. Los ojos de Yehon no paraban de revisar el lugar en busca de guardias y Haythan se detuvo para poder hablarle.

--- Te vigilan en rondas de tres horas. Antes eran de seis y ocho pero ya regresó tu psique y acaban de darse cuenta. Fue una suerte que despertaras sin pensar darte cuenta. Así se quedó tu reflejo casi inconsciente y no se atrevieron a ejecutarte.

---¿Y tú como…?

--- El clérigo que los acompañaba me vio hace unos días en la Capilla, me detuve a pedir por alguien que está enfermo y me reconoció por parte de lo que logró leer en la mente de Alyana.
--- Y te dijo acerca de mi fracaso para salvar al caballero.

Yehon hablaba mientras iba acomodando la ropa y las armas que el cazador le dio mientras avanzaban. No le costaba trabajo acostumbrarse a la idea de un guante con una cuchilla oculta ni varios de los implementos de un nuevo guardarropa. En parte parecía como si el recuerdo de muchas conversaciones sobre lo que le gustaría usar aún flotara entre ellos guiando al cazador con lo que le llevó. Sobre su ropa verdadera un disfraz perfecto: El sombrero era de alas anchas, y redondeadas, recogidas para protegerse del sol y de la lluvia; el abrigo era amplio con esclavina; botas viejas y bordón,(Yehon sabía que lo que en verdad llevaban era un espada el cazador y él el bastón de magia de Alyana ) ;un morral con comida; dos bultos con dinero y por ultimo la calabaza, que servía de cantimplora y que se llevaba colgada de un gancho en el bordón. Se movían a un ritmo semejante mientras avanzaban entre los pocos que seguían en las calles de la fortaleza a esas horas, los rayos de un cruel sol de verano.



--- Hasta donde sé, la enfrentaste bien y resolviste el acertijo de la muerte como poca gente podría hacerlo sin caer en la trampa.

De nuevo, la risa flotó entre ellos como electricidad estática poco antes de interrumpirse como si el cazador hubiese sido quien recibiera la descarga.

La mayoría de las personas que los rodeaban eran simples trabajadores que se hacían aun lado evitando involucrarse en lo que pudiera estar sucediendo con esos dos extraños peregrinos cuyos pasos eran demasiado veloces para alguien que se encontrara solamente de paso en el refugio. Ni siquiera los guardias revisaron sus rostros con atención en la salida, ni los garabatos que Haytham extendió en dos pergaminos frente a ellos cuando le pidieron el santo y seña.

--- No sabía que ella conociera ese acertijo. --- Alcanzó a oír Yehon que el cazador susurraba al dejar atrás las murallas de la fortaleza.

Caminaron un tiempo más en silencio, alejándose cuanto antes del camino conocido y tomando veredas apenas trazadas por algunos campesinos y animales. Por un rato incluso anduvieron en los bordes de algunos riachuelos ocultando su rastro. Por momentos entraban en corrientes más fuertes, eliminando todo vestigio.

Cuando Haytham sintió la certeza de que no los acorralarían en caso de ir tras ellos se recostó sobre una roca a secarse. Yehon apoyó la espalda contra el tronco de un pino.

--- El caballero que fue contigo al pueblo, no está muerto. Es por él que te iban a ejecutar como amigo de monstruos. Puso todo lo que tenía como miembro de la Orden en tu contra. No intervendría si no fuera porque creo que se los ibas a permitir. Y no pienso arriesgarme a que no despiertes solo porque una parte tuya está cansada de todo lo que está pasando en este y el otro lado.

--- No soy un suicida.

--- No dije que lo fueras. Solo que te noto tan cansado como lo he estado yo de perder gente querida y poco a poco las esperanzas de un cambio positivo. Esa parte tuya es peligrosa aquí.

Yehon asintió. Era verdad. Su corazón a veces se lamentaba de lo cansado que era ser alguien que se muestra siempre optimista.

El río mantenía la humedad cercana, y a veces podía verse a algún pájaro descender a beber sin importarle demasiado que lo observaran esos dos humanos. No había viento que hiciera bailar las sombras ni susurrara entre ellos el canto de la naturaleza.

Haytham se levantó extendiendo los brazos con lentitud, sintiendo las articulaciones y los músculos acomodarse en brazos y espalda y giró solo un poco la cabeza al impulsarse a lo alto del primer árbol para ver a los ojos a Yehon.

--- Si piensas ir tras ella, sea para acabar con el duelo o ayudarla debes tener en cuenta que tiene más experiencia que tipo en este tipo de lugares. Te recomiendo que uses el bastón y lo que obtuviste en el encuentro anterior. Detenla antes que use magia en tu contra, entonces tú tendrás la ventaja, tú sí conoces lo que es el combate cuerpo a cuerpo en la vida cotidiana y eso le es difícil imaginarlo sin la memoria física.



Yehon asintió. Ya imaginaba cómo debía preparar el próximo encuentro.



Desde lo alto de los árboles terminó de llegarle la voz de Haytham --- Yo visité el pueblo un par de tardes después para comprender lo que el clérigo me dijo, y encontré algo muy interesante. Creo que deberías visitarlo.

Un movimiento en las ramas, cada vez más lejos, el volar asustado de las aves. Y el cazador se había ido.

Enjaulado.

Yehon despertó molesto. La sensación de haber sido traicionado por alguien cercano a sus amigos era tan clara como la tristeza que le daba recordar a su amigo muerto o la furia que le significaba que un idiota hubiera chocado con él a pesar de ser más cuidadoso de lo que sus amigas y su familia creían cuando manejaba. Sí, a veces manejaba muy rápido en carretera, cansado, oyendo música y pensando en sus seres queridos. Pero no ignoraba los límites suficientes de arrogancia para evitar hacerle daño a otros.

El trabajo cotidiano lo atrapó durante toda la semana: Era fácil concentrarse en lo que hacía y entrenar como si esa sensación de maldad solo fuera un resabio de una pesadilla mal asimilada. Aunque la sensación crecía con el tiempo en lugar de irse disolviendo con el paso de los días y el acumularse de las actividades. La nostalgia por los otros amigos, esos que conociera desde la secundaria algunos, y otros desde universidad se convertía en un grito ahogado por el conocimiento de que todos estaban demasiado ocupados como para reunirse. Yehon mismo no podría dedicar más que unas cuantas horas a esa reunión, si lograban programarla y eso no bastaría para llegar a ese asunto de ¿Por qué creo que uno de nosotros ha traicionado sus ideales? Todos ya habían expresado una y otra vez que se extrañaban. El deseo de volver a reunirse para hablar de sus vidas, convivir, hacer planes. Pero la realidad era siempre la misma y en esos días el enojo creció. Ni el entrenamiento agotador, ni el trabajo, ni las llamadas telefónicas para organizar alguna visita bastaban para aplacar la sensación de absurdo, de desencanto y melancolía que lo torturaban como una fiebre leve pero constante.

Las noches de esa semana quedaron vacías de sueños por el agotamiento. Pensar, imaginar, desear quedaban centrados en lo que pasaría al día siguiente. Así que dormía sin recordar lo que pasaba en sus sueños, sin la certeza que había soñado. Hasta la noche que el aullido del perro lo despertó. Sabía que era un callejero, ese día lo vio rondando en los basureros y trató de ahuyentarlo antes de que terminara en problemas por voltear la basura de alguno de los vecinos, lo encontrara la perrera o lo usara alguno de los niños de tiro al blanco.

No le pasó por la cabeza que el animal podía ser atropellado en la madrugada por alguien que terminaba la parranda de fin de semana. Que el aullido de dolor y la luz del carro al desviarse chocarían contra su ventana en un solo destello.

Y que al dormirse de nuevo se encontraría en una celda fría, húmeda y gris mirando al cielo frente sobre su cabeza. Recordando perfectamente su juramento de cazar a la que se llamaba a sí misma Alyana por cómo lo había traicionado matando a un caballero (y probablemente todo un poblado de inocentes) tras retarlo con un acertijo absurdo. Ahora estaba preso. No sabía por qué, ni cómo había llegado hasta ese punto pero tenía la certeza de que escaparía de su encierro para cumplir su palabra.
No por venganza a pesar de merecerla sino porque Alyana era alguien que una de sus amigas quería, alguien con quien algunas veces había convivido y compartido más de una cerveza en las noches que todavía pensaban que el futuro quedaba lejos. La loba debía ser cazada en memoria de la persona que fue, de esa amistad de años.

Su problema era salir. Sin saber dónde estaba ni por qué se veía a sí mismo en semejante problema. Sin armas ni idea de quienes eran sus captores, en un cuarto que tenía aspecto de haber sido construido mucho tiempo atrás pero actualizado constantemente. Con el crucifijo antiguo sobre la cabecera de un catre adosado a la pared del fondo, pero barrotes modernos al igual que las instalaciones sanitarias. Obviamente subterráneo y bien controlado aunque no se veía ni la sombra de su guardia. Se sentó en el suelo para pensar en su situación y se dio cuenta de cuál podría ser el motivo de su encierro, era claro y terrible.

No solamente Yehon había jurado vengar al caballero. Toda la orden lo juró al ver el cadáver llegar recostado en el escudo, con un clérigo herido y dos asustados siervos. Tal vez él no recordaba, pero estaba preso porque lo creían el causante de la muerte de Edgar, pues era conocido por tener amistad con seres rechazados por la Orden. Con un suspiro, Yehon se preparó a lo que seguiría.

En algún punto lejano.

Gibrán tuvo suerte, pudo ver abrirse el portal antes de tiempo y la figura canina golpear el suelo de costado, mientras la concentración para mantener esa forma era cada vez menor. Su trabajo de organizar los grupos de pueblerinos en ese espacio tan cerrado tras la advertencia de que no regresarían porque habían tenido que sacrificar el pueblo y la gente que quedó atrás por salvarlos.

Ella debía llegar cerca del amanecer o después. Cuando el rastro ya estuviera frío. Pero algo había alterado todo el plan. Estaba herida, llorosa y en ese espacio mientras docenas de rostros asustados la miraban derrotada. El dolor la desconcentraba, tanto que había sido un milagro que llegara ahí y no a cualquier otra parte por un portal mal imaginado.


Gibrán supo lo que debía hacer. Aunque odiaba sentirse tan inútil.

--- ¡No tomes forma humana! – le gritó a la figura tendida. --- ¡Despierta en esta forma antes que el daño sea permanente!

Alyana levantó con esfuerzo la cabeza. Sus ojos reflejaban el pesar de las almas que los rodeaban. La certeza del horror que viene, de la soledad.

Gibrán lo sabía bien. Esa mirada lo perseguía desde mucho tiempo atrás y creía que la lucha había logrado aplacar esa tormenta pero la verdad estaba a sus pies. Jadeando de dolor y mutando con sus pensamientos.

--- Yo me haré cargo de ellos. ¡Vete! Si mueres aquí no podrás volver a casa.

La figura se desvaneció en las sombras de la cueva. Gibrán se quedó con docenas de personas que lo observaban desde la parte baja, con un mechón de pelo en su puño. Odiando a los que podían cambiar esa mirada en la loba, al que la causaba normalmente. Y a quien la hubiese despertado de nuevo.

Ella le había confiado ahora otro deber. Se levantó y extendió los brazos para acallar a los sobrevivientes de esa noche. Iba a ser largo explicarles que no debían hablar de ellos ni de sus muertos.