Reencuentros Parte 2
Reencuentros Parte 1
No era roca, ni el suelo aplastado por miles de pisadas lo que estaba debajo de su cansado cuerpo, podía sentir la tela, la suavidad de la manta que le evitaba sentir frío a pesar de que una brisa fresca rozaba su cara. Las voces que ocasionalmente alcanzaba a percibir no tenían el tono de mando, el miedo o el dolor que esperaba, tampoco había gritos lejanos ni gemidos de heridos y moribundos. Tenía sed pero no había en su boca polvo, cenizas ni sangre, solamente su saliva que mantenía la sensación de haber conocido el agua.
Eso es lo que la hizo reunir la voluntad suficiente para tratar de ubicarse. De alguna manera sabía que Thalder ya no estaba, pero que dondequiera que la hubiese llevado no la dejó sola.
Lenta y dolorosamente abrió los párpados, el peso de una parte tan pequeña de su cuerpo la hizo recordar el ardor del humo cuando quedó atrapada con el vampiro que ella y los lobos consiguieron acorralar en la base de la Orden. La manta resultó ser blanca con un extraño bordado y no la negra que ella esperaba encontrar. Movió la cabeza sintiendo el soporte de una almohada suave y con un aroma a fruta que aceleró a la vez la sed y el hambre cuando sus ojos se acostumbraron al contraste de la luz que entraba por la ventana y el tazón lleno de duraznos, manzanas y naranjas colocado a su alcance, junto a una jarra de agua cuyo contacto con la luz ofrecía una miniatura de arcoiris que ascendía desde la almohada por una pared encalada.
Al escuchar pisadas de alguien más grande a poca distancia pero aminoradas por la pared que los separaba, notó que esa era sólo un habitación anexa a algo mayor. Se calmó un poco mientras pensaba que podía estar en alguna de las bases de la Orden o quizá en una Torre de Hechicería, se enfocó en tratar de acomodarse para aceptar el gesto de hospitalidad. Su torpeza superaba toda memoria anterior, derribó la fruta al solamente tratar de agarrar el vaso ya servido y tuvo que aferrarlo con ambas manos una vez que logró equilibrarlo. Bebió con avidez y casi se alegraba de notar acercarse las pisadas. De poder conocer a su anfitrión al que el sonido de las frutas cayendo y rodando en el suelo atrajo. Cuando la tonada se deslizó entre los libros del otro cuarto, el brevísimo pasillo, y vibró con el agua hasta los nervios de Alyana electrificando sus músculos y forzarlos a soltar su presa ante el dolor.
Pues ahora ella sabía dónde se encontraba. Pero no por qué continuaba con vida estando en ese lugar.
Regreso a casa.
--- No me queda alternativa --- Suspiró el mago mientras golpeaba la cabeza de Alyana contra una roca y se erguía con el desmayado cuerpo de la loba sujeto con un brazo. --- Solo conozco un lugar donde puedas estar a salvo.
Enfocand
o su mente y corazón. Thalder consiguió llevar a ambos hasta una sala llena de libros, con el piso de madera y la luz justa para que los presentes puedieran leer cómodamente, observar los cuadros y otros materiales expuestos en ese espacio. Una lenta melodía se paseaba por los rincones y las paredes acariciando los lomos de cada libro cerrado en los estantes con el cariño de los padres al entonar una canción de cuna y bailando con las hojas de los que quedaron solos en las mesas y las sillas mientras los lectores regresaban.
La mujer que en ese momento tocaba el violín a unos pasos de donde aparecieron se deslizó por ese suelo como la lluvia por el tronco de los árboles. La mirada de la mujer resplandeció con más fuerza al reconocer la figura canina depositada a los pies del mago. Y un chisporroteo vibró unos segundos entre ella y Thalder al chasquear las mujer las uñas, iniciando un encantamiento que quedó neutralizado al ver la herida en el brazo del mago. El asombro anuló toda intención de dañar al mago ¡Había sobrevivido al corte de la daga peleando con ella!
---Un dragón muerto la estaba hechizando y yo...---- Thalder notó la desesperación de la mujer y trataba de hacerse entender cuando el enano lo interrumbió al caer junto a él desde uno d elso libreros.
---¡El nombre del dragón! --- Exigió el enano mientras revisaba el cuerpo tendido de la loba.Le bastó ver la expresión de Thalder para que refunfuñara entre dientes algo sobre viajeros idiotas y se enfocara en las lesiones de Alyana. --- Ella no debe estar aquí. No sin poder entregar al menos las historias que debe...
Thalder se sintió reconfortado al poder tender a la mujer el cuaderno de notas del campesino, y la daga. Ella no quiso tocar el arma pero ojeó el cuaderno mientras una mueca muy cercana a una sonrisa se asomaba a sus labios. --- Alyana tiene historias. Yo no sabía que más hacer.
---Gracias...
---Thalder.
La mujer se presentó, pero su nombre se perdió pra Thalder en el dolor que la herida por la daga le producía. Al parecer la extraña detectó esa situación y mientras el enano curaba a la loba, ella se ocupó con unos extraños cánticos de esa lesión. La luz ya había enrojecido y la noche se insinueba en las ventanas cuando ella se separó de Thalder.
---Lo lamento pero el poder de la daga viene de mucho antes de la magia de mi pueblo. Solo conseguí evitar que siguiera robándote la vida. No se cuánto de tu memoria robó. Solo se que ya no avanzará más y que es in verdadero milagro que no cayeras en el sueño de la muerte o te perdieras en su hoja. Es difícil de explicar.
Thalder asintió. También en su mundo la magia guardaba demasiados secretos que sólo unos pocos apartados de la línea del tiempo podían recordar.
---Gracias por curarme. Realmente me siento débil.
--- Lo mejor será que regreses a tuu verdadero hogar. A donde perteneces.
---¿Alyana?
---Vivirá. Y algo me dice que no será la última vez que la veas.
---¿Y a tí?
---Yo soy alguien que solo puede estar aquí. Al menos esta yo, y espero que nunca encuentras las partes que aún no buscan redimirse.
---No te comprendo.
--- Solo piensa en esto como un sueño.
Thalder estaba por agregar algo más, pero la extraña comenzó otro cántico. Todas las sombras se extendieron y lo cobijaron. Hasta que despertó, en la casa de su maestro.
Sombras en el alma
Alyana escuchaba los pensamientos superficales del dragón, aquello que el terrible ser quería decirle pero no más allá de eso. La historia de los vencidos la tenía atrapada en hilos mucho más finos que los de cualquier araña capaz de capturar mariposas al vuelo, y la retenía en esa agonía lenta mientras el ser que la capturó solo espera en la quietud.
"Todo está perdido ya. La calma de la muerte es el mejor regalo que puede hacerse y lo he visto en todos los caminos que he recorrido. En la muerte no hay soledad ni enemigos. No hay más pérdidas que llorar. Descansen ustedes los vencidos, la redención llegará al ser escuchadas las historias de sus vidas" Susurraba alyana al avanzar por el osario.
"No es redención lo que este ser busca, es venganza". Comprendió Thalder al observar con más cuidado la escena: La mujer ya había desenfundado la daga y rozado con ella dos de los cadáveres para asimilar los vestigios de sus memorias y su energía vital. El chisporroteo de ese contacto se había reflejado en las cuencas vacías del dragón con algo parecido a la alegría. "¡La daga! ¡Con la daga puede revivir él solo en una tierra donde los dragones ya solo son mitos!" Thalder recordó la sorpresa de la gente en Phyrium al encontrarse con mostruos alados destruyendo sus hogares. Ese terror no debía ser vivido por nadie de los rumbos cercanos. El mago no recordaba haber escuchado en varios días de distancia hablar de dragones, y de los pocos relatos encontrados se referían a ataque muy lejanos o seres que dormían. Una nueva guerra de dragones, unida a la caza de vampiros de la que Alyana y los escritos del campesino hablaban sería demasiado.
Alyana seguía ahí, capturando con la daga esas voluntades dispersas y las memorias. Cegada por el deseo de ayudar a darles paz, sin notar la malicia detrás de su guía. Incluso se había olvidado de Thalder, aún cuando el no estaba a más de unos pasos de distancia.
Thalder la observó y usó un poco de magia para tratar de entrar en su mente. Pero ahí sólo encontró llanto. Sí. Ella lloraba por dentro recordando todos los seres que había tenido que llevar a su "última muerte" con la daga. Los campos llenos de cadáveres y figuras apenas con vida y aspecto de lo que alguna vez fuera un humano o animal. El humo ascendiendo de los árboles y los campos ardiendo ya en pavesas. Huellas de movimientos bruscos remarcadas por la tinta oscura de la sangre secándose apenas entre los espacios abiertos por la energía de la batalla. A veces, muchas veces, la sangre ha cubierto los mantos de ambos bandos y sólo por la posición de los cuerpos puede distinguirse a los enemigos de cada bando. Después. El llanto de cada sobreviviente deseando lo que ella. Haberse ido con los guerreros porque ahora la esperanza es sólo seguir adelante esperando que no se inicie otra batalla donde morirán más seres amados.
El dolor que el ma
go conocía bien desde que Saurk y Yashda dominaban su tierra."No debes cegarte al dolor. La daga fue hecha para que nadie quede en el olvido". Thalder trató de ve interferir en el mensaje del dragón pero este era más fuerte. Alimentando su poder precisamente de la tristeza más profunda en el alma de la loba. Ella caminaba en la oscuridad, como la gente de Phyrium antes de saber de Velkar y los otros defensores de la esperanza. Thalder se apartó antes de que el dragón comenzara a acecharlo también, pero no sin alcanzar a ver una breve escena de los deseos del terrible ser: Su jinete no estaba ahí, entre los vencidos. El dragón fue la carnada para ambos grupos y sólo la nobleza de uno los libres evitó que se cumpliera su deseo al aceptar qu se refugiaran en esas ruinas en lugar de perseguirlos. De haberlos perseguido ambos grupos habrían muerto bajo el efecto de la cercanía del lugar a un centor de energía que Thalder no conseguía definir. Lo que sí sabía era que el dueño de ese dragón era un hechicero negro, un guerrero tan oscuro como el mismo Saurok lo era en Phyrium.
Desesperado Thalder se arrojó contra Alyana sabiendo que sólo el contacto físico con alguien vivo podría reducirl el influjo de los hechizos del dragón. No sabía cuánto daño le generaría eso a la loba pero era mejor que permitir que la daga, una vez tomadas las almas de los guerreros, terminara en poder del asesino. El dragón no lo había percibido porque no tenía las habilidades de los libres, viajar entre universos, el factor sorpresa era su única ventaja.
La daga lo rozó sin llegar a producirle un corte. Así Thalder supo cómo sería su muerte y dejó de temer por eso. Había algo mucho más importante para él, y de momento, ese algo era salir con la loba de ese lugar. No creía que el dragón pudiera levantarse para cerrarles el paso. Pero mientras ella estuviera bajo su influjo, el peligro no disminiría.
(Thalder describe momentos de "Gales" libro de la trilogía: http://laleyendadeleureley.com/ )
La caverna de los vencidos.
Esa caverna era el regalo de uno de los dragones, el que ella tenía a unas centímetros con los huesos expuestos donde la montura del que fue su compañero de armas no abarcaba y desde donde ella podía ver, con los fantasmales dones de la daga, las mordidas todavía chorreantes de veneno que uno de los dragones independientes consiguió infligir antes de volar camino a las tierras que años después seguirían dando frutos de huertos sin que manos humanas pudieran volver cosechar , hasta que la flora silvestre venciera a la doméstica en resistencia. Ese osario cavado después de la crónica de las glorias del reino al que servían no era idea de ninguno, los agonizantes pensaban sólo dormir un momento, cobijar con sus cuerpos a los humanos mientras se planeaba algún contraataque o llegaban refuerzos desde las colinas. Ni bestias ni humanos se imaginaban que lo más cercano a la piedad que los independientes habían aceptado era permitir que los guerreros sin montura se llevaran a las mujeres y los niños lo más lejos que pudieran antes del amanecer. Iluminando el camino de los exiliados con ráfagas de advertencia ocasionales para impedir que se organizara cualquier forma de contraofensiva.
El mayor de los dragones recordaba ese templo como uno de los pocos lugares seguros, donde los rebeldes también habían vivido en armonía con aquellos a los que ahora veían como adversarios y buscaban borrar su rastro como gobernantes sin querer escuchar que el servicio no era esclavitud. Ellos nacieron en los dominios de esa raza y fueron cuidados por los hombres los años que cualquier otra cría habría te
nido que sobrevivir enfrentando sus numerosos adversarios mientras era una torpe criatura no mayor a un caballo y sin las habilidades que le entrenamiento les daba en mucho menos tiempo del que habría tomado sin los maestros que al crecer no resultaban un peso mayor al de una escama suelta. Y sin las molestias que esa situación significaba porque ellos siempre se encargaban de mantenerlos aseados, y cómodos cuando no se combatía contra otros reinos. El mayor no sabía durante cuántas generaciones el acuerdo se había mantenido. A los dragones ni es importaban los humanos que no fueran los suyos y servirles para aterrar poblados, devorar el ganado, quemar los campos y secuestrar a alguno de otro de los adversarios era parte de la diversión que de vez en cuando tenían y que los mantenía alerta cuando un era su turno de gozar el largo letargo que su especie siempre disfruta entre el los metales y las piedras que acolchonaban sus cuevas.También era cierto que muchas veces se despertó a uno de ellos solo para que conviviera con su nuevo compañero porque el otro había muerto y que algunos decidieron preferir la comodidad a los lazos afectivos. Y fueron ellos, los que no les importaba nada más que su conveniencia y no los que creyeron en el sueño de una vida salvaje, quienes al final inclinaron la balanza a favor de una masacre olvidada por los sobrevivientes de esa maravillosa sociedad.
Convirtiendo a los dragones en los monstruos de muchas historias que nunca sucedieron como los cronistas las narraban frente a fogatas que para muchos de los que guardaron silencio, todavía eran tenues reflejos de la luz en las pupilas de sus protectores abandonados en la montaña.
Pudo ser una muerte más cómoda para los humanos y los más jóvenes. Una sola, profunda llamarada y las paredes se habrían fundido, quedando él y los otros viejos encerrados entre las cenizas de sus amigos. El espíritu hablaba directo a la mente de Alyana, liberando su pesar. “Lo hablamos mientras desmontaban creyendo que nuestros susurros eran solo por el miedo a ser cazados. Los cinco sabíamos que nadie saldría de esa cueva si no era para unirse a los rebeldes o sucumbir entre sus garras. Morir destruyendo el último vestigio de nuestra historia o matarlos lentamente: Primero a los jinetes al retirarles el aire con nuestra propia respiración, luego a los más jóvenes en su letargo”. Con una leve variación en la luz que lo ligaba a Alyana la guió a observa los bultos más grandes, no caballos, jóvenes dragones con el cuello roto. “No debes molestarte en preguntar cómo es que los otros murieron. Creo que traes contigo la magia adecuada para tomar de mí lo que falta y ayudarme a cumplir mi propósito”.
Thalder no podía escuchar la conversación de Alyana y el dragón. Para él algo pasaba pero no le correspondía interferir. Una mujer arrodillada frente a los huesos de una bestia muerta tanto tiempo atrás que los huesos se petrificaron rodeados del polvo de la piel seca, bajo una montura de metal sostenida apenas por la inercia al haberse desmoronado las correas con la carne. Los huecos donde alguna vez hubo ojos de mirada feroz ni siquiera tenían vestigios de telarañas porque en ese lugar nada vivo permanecía mucho tiempo. La vieja magia lo impedía consumiendo la energía vital de los intrusos y eso lo sabía bien el mago porque él mismo comenzaba a sentir el desgaste, el dolor y el cansancio que la lucha de su cuerpo por preservar la existencia realizaba. El dolor de cabeza, la pesadez de los ojos, su pulso cada vez más lento, la mirada desenfocándose y la certeza de que no se iría del lugar sin Alyana lo obligaron a golpearla. Estaba seguro que debía sacarla del trance o ambos morirían, que ella estaba ahí precisamente para eso, tal como le dijo. Conocer la verdad sobre esa historia antes de perecer.
Despertar
Amaneció mientras Thalder y Alyana caminaban entre las ruinas. Ambos vivían un tregua en sus caminos, una pausa tan cargada de melancolías que, ocasionalmente, deseaban se interrumpiera con algo. La luz de ese nuevo día poco les significaba, las pesadillas no se habían desvanecido, solo reposaban en el fondo de sus mentes. Tan vitales como la respiración o el latir de sus corazones y tan inconscientes ya como ambos movimientos. Cuando el mago se preparaba para cortar el silencio entre ellos. Alyana se le anticipó señalando los restos de una escultura.
--- Este lugar es la tumba de muchas ambiciones. Frente a nosotros podría decir que tenemos el cadáver del rey y no te encontrarás más que piedras y polvo con forma humanoide. Su historia, la vida que llevó, los sacrificios que hizo nada significan para nosotros. Pues desconocemos hasta su mero nombre. Su lucha por la inmortalidad fue tan vana como cualquier otro sueño.
--- Creí que venías a este lugar porque te significaba algo. Que conocías la historia o había vivido un momento significativo.
Alyana sonrió con desgano, pateó una de las piedras que los rodeaban y la observó rodar entre las cuarteaduras del pasillo. El repicar se perdió conforme la piedra perdía velocidad y hasta que las pisadas de Alyana sustituyeron el sonido Thalder pudo notar cuan fuerte se había formado el silencio en el recinto. Alyana no solo se alejaba paso a paso, lo estaba dejando frente a un símbolo de muchas de las dudas que la noche anterior lo hicieron extrañar el tiempo de su juventud, cuando las certezas parecían irrefutables y la palabra Héroes significaba seguridad y respeto.
La voz de Alyana lo devolvió a la realidad justo antes de que las lágrimas por el dolor de las pérdidas de los recientes años afloraran.
--- Alguien que amo tiene parte de su historia ligada a la de este lugar y no quería morir en la duda de si en verdad quedaba algún vestigio de lo que los textos que alguna vez leí decían fue uno de los más grandes dominios de los dragoneros. Se bien que no había recibido la segunda oportunidad de ver el Sol para llegar aquí, pero una batalla inesperada me detuvo en el camino a mi objetivo primario. . . De no ser por ti es probable que ni siquiera a este punto llegara.
Thalder la alcanzó. Parecía que estaban entrando en la montaña por veredas construidas con la fuerza de las grandes bestias a las que la palabra usada por ella refería. Dragones sirviendo a humanos. Varios grabados que se alcanzaban a distinguir una vez el mago usó un pequeño hechizo para iluminar su camino parecían explicar la formación del palacio. No así que ahora estuviera despoblado.
--- Perdona si es personal lo que pregunto. ¿Ese alguien es descendiente de los dragoneros?
--- No. Él es descendiente de los dragones que se libraron de sus dueños al entrar en contacto con otras dimensiones y descubrir que en la mayoría no estaban sometidos hubo una guerra entre los que deseaban seguir bajo el amparo de sus manejadores y los que ya no se veían como meros animales. Ambos bandos casi se eliminan mutuamente. Por el lado de los dragoneros, sólo quedan leyendas y la ira que los humanos sienten frente al dragón. Por el de los dragones, depende de con cuál te encuentres y las ganas que tenga de contarte la historia según la versión que le guste darte.
--- Y venías a encontrar la verdad por ti misma.
--- Sólo a verificar detalles. La verdad en cualquier historia es muy caprichosa y se esconde en los ojos de quien la vive.
Thalder recordó la historia de Dargok y suspiró. Velkar también había desconfiado de una raza sólo por dudas que el Blanco jamás compartió y que tardó demasiado en resolver. Lo que ella decía era cierto, terriblemente cierto.
Alegría en la oscuridad.
Alyana sonrió. El recuerdo de una noche donde la gente se reúne a compartir el respeto por el balance era algo que ella apenas lograba imaginar. Pero sabía que Thalder estaba profundamente afectado por esa experiencias. No hablaría con él de lo que le faltaba por vivir. Había llegado el momento de separarse de nuevo. Esperarían juntos el amanecer, pero justo después ella seguiría su camino. Le faltaba poco para poder regrsar a donde sabía que podía compartir el asombro y la paz."La Gran Fiesta de Mortuar, Diosa de la Oscuridad, se celebra todos los años en la única noche en que ninguna de las dos lunas, Xpin o Xindar, aparecen por el firmamento de Phyrium. Exceptuando a los Kylions, que afirman tener un solo y único Dios, las demás criaturas racionales celebran dicha Fiesta, incluidos aquellos que se declaran del bando maldito, comandados por el maléfico Saurk. Si para Erion y los suyos la oscuridad que Mortuar representaba supone una parte más, complementaria al ciclo natural y de la vida, Saurk le da un sentido radicalmente opuesto. Para él esa noche queda convertida en la Noche de Yashda, Negra Diosa de lo tenebroso y fúnebre, a quien invoca adorándola con horrenda devoción. En un día como aquél, en el que se conmemora la Gran Noche de Mortuar, Gashyn convoca a mucha mayor cantidad de seres ajenos a ella, pues la ceremonia que allí tenía lugar extiende su fama por toda Phyrium. Excepto las Dríadas, que no abandonan su Hogar en el Bosque bajo ninguna circunstancia, Kylions, Hombres, Elfos y Enanos, pasean tranquilamente disfrutando de la agitación y el buen ambiente que se destila por cualquier rincón de la ciudad. La calle más concurrida, sin duda, es la principal o Calle del Mercado, aquella a la que primero se accede si no se abandona la gran rampa que surgía al traspasar el Portón Norte. Los túneles abiertos en las profundidades del peñasco resultan agotadores cuando la intención es ascender a la ciudad a pie, aunque aquellos que eran pobladores permanentes estaban más que acostumbrados. Aquí y allá, sobre la superficie, se alzaban enormes compuertas que permitían tanto la entrada como la salida; pero, al igual que los Portones, eran cerradas poco antes de la medianoche. A partir de ese momento nadie podía entrar ni salir ya de Gashyn. Era costumbre en esa fiesta el que los habitantes del Castillo, después de una apacible tarde paseando entre el bullicio de la ciudad, regresasen con algún forastero al que habían invitado de última hora al Gran Banquete. Cuando era casi un niño tuve el privilegio de ser llevado por el mismísimo Velkar, el mago consejero de Erion, héroe e inspiración de todos. Todavía puedo recordar esa fiesta y mi asombro.
Con las primeras y cada vez más tenues luces del crepúsculo comenzaba a propagarse por la ciudad entera un sobrecogedor y respetuoso silencio, sólo roto por el tímido gorjeo de los escasos pájaros que, a esa hora, todavía rondaban por el cielo de Gashyn. Desde ese momento, y procedentes de todos los rincones, comenzaban a brotar toda suerte de procesiones que, lenta y rítmicamente, encaminaban sus pasos en dirección a la Gran Plaza del Templo. No era la misma la hora en que todos los desfiles daban comienzo, pues la intención general era la de alcanzar la Gran Plaza en un mismo y preciso instante: cincuenta y dos minutos después de la puesta del Sol, cuando ni el más imperceptible resquicio de luz pudiera ser ya siquiera sospechado.
Todavía recuerdo la oración de esos momentos: “¡Amada y Venerada Mortuar! ¡Queremos darte las gracias por este entrañable día y este magnífico Banquete que en tu honor hemos podido compartir
! ¡Ahora, cuando se acerca el final del mismo, queremos acogernos a ti de manera definitiva, pues deseamos demostrarte una vez más que aspiramos con deleite a adentrarnos en tu Poderosa y Magnánima Oscuridad, Esencia Tuya; así, cuando ésta dé lugar a su fin, sabremos acaso apreciar con mayor intensidad el otro don que tu hermano y consorte, Nae, nos ofrece como antagónico y complementario al tuyo: la Luz! ¡De esta manera trataremos de, una vez más, desentrañar el misterio vital oculto en vuestra mutua indisolubilidad!” Acto seguido, todo el mundo comenzó a apagar las velas existentes en las mesas. La única luz que no sería extinguida sería la del Imperecedero Incólume Fuego, cuyos reflejos no saldrían de la insigne y sellada cámara donde se hallaba: el Gran Salón de Nae.
La celebración continuaba en el interior de los propios hogares de cada familia, culminando en un Gran Banquete compartido a la tenue luz de las velas y en el que, a la hora de los postres, volvería a invocarse a Mortuar en la más completa oscuridad. El mayor de estos banquetes se llevaba a cabo en el Patio de Armas del Castillo, donde tanto los residentes como sus invitados se reunían para vivir juntos unos momentos que para todos eran de una singular emotividad y trascendencia. Puedo asegurarte que no hay noche como esa en todo el año"
Su larga noche de la fe estaba por terminar.
(Thalder describe momentos de "Gales" libro de la trilogía: http://laleyendadeleureley.com/ )


