En algún lugar del desierto.

Gibrán sabía que debía ser paciente. Alyana le había pedido un favor demasiado especial y no podía decepcionarla. Sin importar que por ese camino ya no hubiera más que algunos aventureros, él debía quedarse y esperar a quien debía entregar el mensaje.

El asunto era si el cazador tendría la serenidad suficiente como para escucharlo en todo lo que necesitaba decirle. Gibrán no era un personaje muy conocido, muy pocas veces había sido llamado y en menos de esas ocasiones había sido en algo relacionado con el cazador.

Pero el halcón llegó. Y con el ave, el hombre que Gibrán esperaba.

--- Salud y prosperidad para todos sus días.

--- Que Dios escuche sus ruegos y sea benévolo.

--- Supe que Alyana me dejó algo contigo hace unas noches. He estado muy ocupado pero eso no significa que no piense en sus palabras.

--- Nada tiene que decirme. Soy solo el mensajero. Mi deber era esperarle mientras observo el desarrollo de los eventos que me corresponden para redactar. Nosotros los cronistas solo servimos a la historia y la búsqueda de conocimientos. Ella fue la cronista de ustedes y sería una gran alegría que pudiera volver a escribir. Si esperarle a usted aquí me ayuda a pensar que ella volverá a la Biblioteca, eso me basta.

---- ¿Por qué dices que ella fue nuestra cronista? Su promesa era serlo siempre.

--- ¿Y cómo podía serlo sin escuchar sus historias. Sahid? Lo que ella percibe no es suficiente si desea ser coherente con su promesa. Alyana no ha perdido el deseo de escribirle a pesar de todos sus esfuerzos. Se ha reunido con gente que no sabe de usted; Ha vagado por sitios donde usted nunca la acompañó; Dejó de escribir con la esperanza de que ese impulso desapareciera. Pero los recuerdos de los tiempos en que usted llegaba a hablarle de cualquier anécdota y las mismas historias comenzaron por hacer que todo lo que veía fuese opaco y sucio.

Haytham observó el puesto de Gibrán. Libros, telas, pergaminos, cuarzos, frascos con tinta, botellones de vino, morrales llenos de frutos, amplios cojines donde podría sentarse quien deseara que Gibrán le leyera la suerte en las cartas, y un cofre semioculto entre los libros donde Haytham estaba seguro que se guardaban las cimitarras y otras espadas con las que verdaderamente comerciaba Gibrán cuando seguía su propia historia. El calor del desierto cubría el campamento donde se habían encontrado al estar en uno de los más pequeños oasis de la zona. ¿Competiría con camellos Gibrán en alguna de las historias de Alyana? Haytham estaba casi segura de haber visto antes al hombre que lo miraba desde un nivel inferior al no haberse levantado a saludar al cazador y sólo haber señalado una cantimplora de piel y uno de los almohadones cuando lo vio llegar y escuchó su saludo. Haytham seguía de pie, su halcón sobrevolaba el oasis. Pronto continuarían su viaje.

---- Alyana le había escrito a usted acerca de cómo se sentía. Usted ignoró esas palabras y ahora se supone que le entregue eso de nuevo. Pero le pido permiso para no hacerlo y hablar por ella. No creo que el largo discurso sirva para explicarle lo que ella pretende que usted sepa. Que lamenta mucho tener que dejar atrás toda la vida con usted.

---- No tiene por qué lamentarlo. . .

--- Así es señor. No debiera sentirse así. Pero sucede. Ella quemó de su memoria las viejas historias de lo que era imaginar este plano con usted y su hermano. Quedan vestigios, porque para poder olvidar totalmente necesitaría una cirugía en su cerebro vivo y aún es posible que su alma guarde recuerdos muy profundos de quién es usted. De todo lo que platicó acerca de este mundo y lo que vivieron los años que ella vivió cerca de usted en la otra realidad.

---- Exactamente qué sucedió.

---- Alyana abandonó el rastro de sus crónicas. Dejó su daga de almas en la Cueva de los Espejos Negros, su bastón en la Capilla, y quemó el espacio que había formado en la Biblioteca. Muchos de los libros ardieron pero otros los salvó un extraño.

Haytham comprendió. Ella gritaba de dolor en el silencio de su espíritu, Haytham lo había sentido varias veces. Y había destrozado hasta lo que más amaba para apaciguar ese sufrimiento.
El cazador puso más atención. Gibrán estaba haciendo algo extraño. Tocaba una vieja melodía, y con el impulso de esa música las cartas de su baraja y del tarot se activaban. Sus imágenes le fueron cada vez más familiares a Haytham, incluso la forma como algunas caían. Era hipnótico, electrizante. Y peligroso. De una forma completamente irracional la danza de las tarjetas le pareció más nociva al cazador que las cuchillas que pudieran estar escondidas en la tienda del migrante.

Rostros de seres que alguna vez fueron amados, viejas batallas, paisajes. Risas. Alyana con sus amigos bebiendo cerveza oscura en las jarras en una noche cualquiera. Ellos dos caminando en la penumbra. Haytham y su hermano mostrando algunos de sus movimientos favoritos. El lagarto gigante con aspecto de gánster jugando póquer con ellos. Los robots, las bestias y los dragones que fueron vencidos, vampiros, demonios, guerreros medievales en plena batalla de las cruzadas; brujas danzando desnudas alrededor de una fogata. El sabor del mezcal y la textura de los chapulines. Alyana arrodillada frente al altar de la mano de Mestus. Alyana gritándole a Haytham su bienvenida desde el borde de un jardín a la entrada de donde ella estudiaba. El vuelo de la ropa entre el viento producido por los carros al ser toreados. Alyana y Jade riendo por un chiste de su hermano. Gezara, Alyana y él rodando en el pasto húmedo bajo las luces de los faroles. Un ramo de flores desmenuzado bajo su camisa. La pluma blanca que cayó al escenario una vez aún cuando no había viento ni manera de que un ave entrara. El perfume del café en el frío de la noche, las luces de la Catedral, las sombras de los callejones y los edificios viejos. La sensación de la banca estorbando en su juego para golpear a un compañero de la escuela y la risa de ambos. El vino corriente y los bocadillos improvisados; Clity, Alyana y él caminando en las vías del tren. El crujir de las hojas secas delatándolo al llegar al jardín donde Jade, Alyana y otros amigos lo esperan. La pizza fría, el maullido de los gatos y sus cuerpos frotándose en las piernas de Haytham para reclamarle afecto y comida. La textura del papel al arrugarse cuando cierra el puño sabiendo que ahí está escrita otra prueba de que Alyana lo había escuchado. El peso de la llave de una casa en la palma de su mano.

Ahí estaba la trampa. Cada carta se acomodaba frente a Haytham y no quedaba espacio libre para que el viera si Gibrán podía atacarle o no. Y cada recuerdo hacía que esa posibilidad fuese irrelevante frente a las oleadas de emociones que lo cubrían. Con cada imagen que llegaba a su mente o a su corazón lo que pasara dejaba de ser importante. “Como caminar bajo el agua dejando que te inunde su juego de luces. Esperando que te ahogues”.

El cazador entendió. Cerró los ojos y la memoria a esos fragmentos de su vida. Y el terror de lo vacío lo envolvió. La certeza de haber sido enterrado vivo. No supo cuánto tiempo duró así, pero sabía que había sido más que el suficiente para afectarlo más de lo tolerable.

Sabía que había vuelto a desear sentir algo. Pero las cartas ya se habían desperdigado por el suelo y el silencio lo arropaba. Estaba solo.

Tuvo unos segundos para darse cuenta que no estaba del todo seguro acerca de qué se sentía peor. Los recuerdos cubriéndolo como nieve, entrando por sus poros hasta su circulación alterando hasta el pulso. O esa cosa negra, pesada, asfixiante que se produjo cuando se negó a seguir recordando. El hueco que los momentos dejaron sin que Haytham pudiera tener la certeza de que algún día volvería a darle vida. La confusión de no saber si deseaba regresar a ver y sentir todo aquello. Al menos en parte al ser racional y recordar que cada momento era único por cada vida.

Haytham deseó poder destrozar a quien le generó ese vértigo. Pelear contra lo que fuese que Gibrán le hubiera hecho. Porque entre la sensación envolvente de esos recuerdos y el peso del vacío estaban las heridas de lo no dicho a tiempo, de lo no recibido, de lo desperdiciado. Se estaba desangrando por lo que no pudo ofrecer a sus seres queridos, por lo que le hubiera gustado escuchar. Y no quería morir así. Él había vivido luchando y así moriría.

Su cuerpo lo siguió en esas ideas. Tenía el cuello del migrante a punto de ser arrancado por la fuerza de sus dedos sin que Gibrán opusiera resistencia. El mago solamente susurró mientras Haytham recuperaba el control de sus impulsos.

--- Sahid. La canción ha terminado. Usted está de pie frente a mí en este sueño, y tranquilamente acostado en la otra realidad. Está en casa. Abra los ojos. Ahora usted sabe lo que ella ha vivido desde hace años cuando lo ve, y cuando no puede verlo. Ya he entregado mi mensaje. La razón por la que ella quemó las crónicas y selló su entrada. Si desea saber más de lo que ella vivió, debe ir a la Cueva de Espejos.

2 comentarios:

Velkar dijo...

Buf, esto cada vez es más complejo y a la vez más envolvente. Creo que voy a releer el primer fragmento.
Enhorabuena!!!

Viviana dijo...

Me alegra saber que empieza a causar efecto.

¡¡¡Gracias por seguir leyendo!!!

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