Esquirlas, fin del encuentro.

Yehon salió del trance con un fuerte dolor de cabeza y el sentimiento de haber sido desechado. Tras la cacofonía de ideas, y el torrente de imágenes del pensamiento superficial de la loba se había topado con un salón formado en su mayor parte por varias puertas. Varias pudo abrirlas pero la figura frente a él el llamó la atención. El hombre que lo miraba a los ojos se mantenía silenciosamente de pie en medio del espacio creado por la meditación de Alyana. Siguió a la figura y supo que lo que fuera ese ser tenía instrucciones de ayudarlo. Algo extraño dada la técnica con que había llegado a ese punto. No supo el tiempo que permaneció viendo las amarillentas y desgastadas fotografías. Las señales de haber estado cerca del fuego, el tenue aroma del humo mezclado con el papel marchito lo hacían sentir con más fuerza la nostalgia y la sorpresa de notar que el librero de donde el ser tomó el álbum era pequeño y tenía el símbolo de la Dama Jade y no el del grupo completo. El ser le había dicho que ese material pertenecía a la Dama por haberlo rescatado de entre los textos y las imágenes rescatados del incendio del salón de Alyana en la biblioteca a causa de su intento por olvidar mucho de lo vivido y los proyectos dejados a medias. ¡Olvidar qué! El ser no le aclaró más que el hecho de que lo que quedaba de los tiempos en que eran un grupo guiado por la gárgola y el bárbaro era más para la Dama que para la loba. “Porque ella estaba ahí para la Dama y porque eso agradaba al sahid”. Y el recuerdo del caballero se mezclaba con eso y con la historia de amor entre el bárbaro y la bruja roja de cuya unión él era testigo y guardián hasta que ya no fue posible.

Al apretar con un poco más de fuerza parte del libro comenzó a desmoronarse entre sus dedos y las palabras se deshicieron en letras, tinta desperdigada en polvo amarillento y gris en la luz espectral que llegaba desde las ventanas del lugar donde la voluntad de Alyana lo había llevado. ¡Eran demasiado frágiles los vestigios de esa historia! ¿¡Donde estaba ese largo escrito acerca de sus andanzas juntos!? La escena donde Alyana tomaba del morral de los guerreros un libro de encantamientos y relatos mientras los distraía con fintas de combate y los hizo temer que no lo devolvería hasta que la Dama se lo pidió como favor personal. Las tardes y noches comiendo juntos, riendo y bailando mientras la cerveza despejaba sus mentes de preocupaciones ajenos a ese momento. Los enfrentamientos con algunos de los seres que los obligaron a probar que en verdad deseaban estar juntos. Las risas y los gritos de furia acallados en ese espacio vacío al extenderse con ecos burlones en el espacio.

Separó la mano de la frente de la loba y la dejó apartarse sintiendo todavía esa amargura, el ardor de los ojos por las cenizas que todavía flotaban en el ugar donde quedaban los recuerdos de los diez años anteriores, poco más poco menos.

Alyana se alejó solo unos pasos. Su aspecto cambiaba de la forma humana a la canina como imágenes de una fotografía mal revelada. Tanto le estaba agotando ese encuentro.

El amanecer ya se vislumbraba en la lechosa claridad que se iba extendiendo en el cielo y la ausencia dela Luna sobre ellos. Algunas aves cantaban a lo lejos y los murmullos y leves sonidos de la naturaleza despertando los cubría ya con la fría indiferencia de lo cotidiano. Un día más comenzaba en un ciclo que no le importaba ser dividido en pasado, presente o futuro. Y esos cambios delataban que a pesar de que Yehon no recordara con claridad lo visto, la técnica del Inquisidor había cubierto gran parte de la noche en su búsqueda con una concentración tal que no notó la desaparición de la barrera. Alyana estaba demasiado agotada y tampoco notó la diferencia, su atención se enfocó de nuevo en el caballero que se restablecía pero cuyos ojos comenzaban a llamear mientras le hablaba.

--- ¡Cómo pudiste olvidarnos así!

Alyana afirmó su forma semihumana, erguida de espaldas a la aurora, inclinó la cabeza a un lado con un movimeinto lento y la mirada fija en los ojos de Yehon.

--- ¿Y dónde estaban ustedes mientras mi alma se moría de pena? – Siseó la loba entre dientes --- ¡Jade estaba ahí! --- Aulló lanzando una dentellada al aire-- ¡Ella dio su tiempo y energía en salvar cada recuerdo!

--- Si eres mi amiga tienes que entender que estoy ocupado. Tengo muchos deberes. . .

El gesto de desdén en ese rostro lo dejó sin poder terminar la frase. La mirada de la loba era gris como las nubes antes de una gran tormenta. Lo veía de reojo, con un creciente desprecio que no se molestaba en disimular. Yehon notó cómo de nuevo su energía tomaba parte de la fuerza de una de las reliquias que siempre llevaba con él.

--- ¡No me juzgues! ¡No tienes derecho de juzgarme después de lo que hemos pasado!
Aunque, te perdono. Lo que me debes queda saldado.

Alyana soltó una fuerte carcajada teñida de rugido. Con los brazos estirados sobre la cabeza, de pronto se dio cuenta de que ya podía sentir fluir la magia por su sangre, la vio tomar forma en la punta de sus garras, sólo unas chispas. Pero lo bastaron para calmarse.

--- ¿Y qué quieres Yehon? ¿Qué puede pedir alguien que nunca está cuando es conjurado?

A pesar del enojo. El guerrero se dio cuenta que la pregunta era legítima. La loba ya estaba atenta a sus palabras al ir retomando la actitud de quien dialoga entre iguales. Su mirada permanecía nublada, pero ya era de frente a él y no con alguna postura ajena a quienes se encuentran para conversar.

--- Lo único que pido es compresión, estoy pasando por una etapa de mi vida muy pesada. Dime: ¿Sabes lo que traigo en mi corazón?, No sabes que estoy enfermo ¿Verdad? ¿No sabes las preocupaciones que traigo verdad? ¿No sabes los pendientes que traigo verdad? no sabes todo el trabajo que traigo y responsabilidades ¿Verdad? No sabes que pasa con mi familia ¿Verdad? Dime sabes todo eso? ¿Realmente conoces lo que me esta pasando?... lo único que te pido es que me comprendas y no juzgues sin antes saber. ¡Ni siquiera te imaginas todas las cosas que están pasando en mi vida en este momento...!

Y contra lo que esperaba la loba se dio la vuelta, su cuerpo se reducía de tamaño mientras le daba la espalda y avanzaba a donde estaban los árboles donde quedaban esquirlas de los cristales que el caballero usó para crear la barrera.

Sorprendido. Yehon la alcanzó y la sostuvo un momento por la nuca como a un perro que escapa sin que ella opusiera resistencia.

--- Muchacho. Te dejé ver en mi mente que todos tenemos grandes penas en la vida cotidiana. Y vienes a aullarme como un cachorro recién destetado.

Yehon ni supo si el doloroso frío que recorrió su brazo y lo hizo soltarla vino de ella o de la reacción que sentía él mismo por esas palabras. Pero la soltó como quien suelta un carbón encendido que le hubieran arrojado.

--- ¡Tú no me permitiste nada! ¡Yo usé mis habilidades!

Ella volvió a tomar una forma semihumana antes de seguir hablando.

--- ¿Y tú crees que alguien que ha tenido una vida como la mía va a tener su memoria sin pesadillas? Tú sólo viste lo que buscabas porque te ayudé. No te juzgo. Siento pena. No has aprendido a confiar en tus amigos. Te has encerrado en tu pesadilla y no quiero acompañarte a donde te lleva.

Mientras Yehon trataba de reactivar la circulación del brazo y estabilizarse. Alyana recuperó la forma canina y se mezclo entre los elementos del bosque que lo rodeaba. Y fue cuando pudo sentir la presencia del ser que los estuvo observando en lo alto de uno de los árboles. Su vestimenta había cambiado y la máscara metálica era nueva pero el guerrero conocía esa esencia desde hacía años. No lo saludó al intuir que ya hacía bastante tiempo que los acompañaba en silencio.

--- Tú quitaste los cristales.

--- Ya habían cumplido su propósito. --- Le respondió el cazador sin bajar del árbol.

--- ¿Sabes que estuve a punto de matarla?

--- Me habría asegurado de que te arrepintieras.

Un rayo del creciente Sol dio de lleno con el metal de la espada que Haytham había desenvainado mientras hablaban, deslumbrando a Yehon.



Despertó en casa. Sabiendo que no volvería a ver a la loba en ese o en otro mundo por mucho tiempo y que el cazador no la había dejado tan sola como ella creía.