El mago llegó a las ruinas guiado por su intuición. Desde hacía un tiempo vagaba entre diversos espacios aprendiendo en su camino sin preocuparse gran cosa si pertenecían o no a su universo conocido. Después de todo la magia y el tiempo le habían enseñado que eso era irrelevante. La sed de conocimiento era algo distinto, inagotable. Y ahora lo llevaba a ese lugar, como pudo haberlo hecho a su hogar la nostalgia si tuviera algunos años menos.Caminaba tranquilo, gozando de la penumbra y el silencio del lugar. Meditando un poco acerca de los posibles secretos que los creadores de tanta belleza se habían llevado con ellos, dondequiera que se encontraran. Algún día, lo que él conocía y consideraba familiar tal vez terminara así, un misterio. ¿No era lo que sus aprendices pensaban que era lo que lo hacía distinto de ellos? Una sonrisa escapó al recordar sus expresiones de asombro cuando descubrían que sólo la experiencia era lo que los distinguía de los hechiceros más poderosos. Tan abstraído se encontraba que no notó la figura que se desenroscó entre las sombras. La forma canina avanzó casi pisando las propias huellas del mago mientras olfateaba con la nariz pegada el suelo.
La temperatura era baja. El tiempo del hielo todavía dominaba la zona. El mago sabía que muchos animales estaban realmente hambrientos, necesitados de toda fuente de energía que pudieran encontrar mientras el calor del Sol fuese apenas el suficiente para mantener algunas plantas vivas. Por unos segundos el mago temió que sus restos se unirían a los secretos ocultos entre esos vestigios cuando escuchó el gruñido a sus espaldas y se encontró con la criatura que lo había seguido al interior de la construcción con un silencio sobrenatural, el escalofrío que recorrió la columna del hechicero solo pudo compararse con la mirada de piedad que escapó de su conciencia al observar al animal.
La loba estaba demasiado flaca como para poder vivir más de unos días más si no encontraba alimento; Parte de su pelambre parecía quemado, cuando no faltaba en el costado derecho, del que se veía con claridad dos de las costillas hasta el hueso. Una herida de arma blanco apenas cicatrizaba desde el borde de su hocico al inicio de un ojo. Bajo el gruñido, un tono agudo escapaba al avanzar apoyando muy brevemente una de las patas, que al levantase presentaba un leve ángulo de diferencia respecto a la otra. Las posibilidades de que perteneciera a una jauría eran muy altas, pero por alguna extraña razón el mago se sintió seguro que los otros no estaban cerca, incluso, que el animal había ido expresamente a ese lugar buscando un sitio aislado para exhalar su último aliento.
El mago se quedó de pie. Mirando a los ojos a la desfalleciente loba. Casi parecía como si acabara de encontrar lo que en algunos círculos de misticismo llamaban “un familiar” o un niño que encontrara sorpresivamente en la carretera a su perro. Pero no era el caso, ese animal gruñía en un tono que bien podía ser una amenaza que una estrategia para ganar tiempo. Era inquietante, más cuando el hechicero sabía que había estado en guardia todo el tiempo y la bestia burló su percepción hasta llegar demasiado cerca. Como si la magia la amparase.
La respuesta llegó cuando la loba comenzó su transformación: El pelo cayó en harapos mientras ella se erguía, la pata herida mostró ser una mano inutilizada mientras en la otra sostenía una daga en un gesto defensivo.
El mago no podía creerlo. Reconoció la persona de la que había encontrado escritos bajo un cadáver helado en un camino a varios de distancia. Las anotaciones de un cronista muerto por la crueldad de la nieve que hermoseaba esas mismas montañas que tantas veces maravillan a los que las observan a distancia. No pudo reprimir el susurro de asombro.
“¡Alyana!”.
Al oírlo ella frunció el seño hasta que las arrugas de frente y hocico se juntaron, los colmillos sucios asomaron bajo la cicatriz en un siseo amenazante.
--- ¡Quien eres!
Sabiendo por los apuntes encontrados que Alyana no era un peligro mientras estuviera a buena distancia de la daga que sostenía. El mago respondió levantando ambas manos al frente en gesto conciliatorio y para mostrarle que no llevaba nada con que atacarle.
--- Mi nombre es Thalder y conozco el tuyo por una coincidencia increíble. Un cronista se encargaba escribir acerca de tu cruzada, pero murió en una avalancha de nieve. Su cadáver aún protegía sus apuntes. Por favor, siéntate y cena conmigo mientras me cuentas lo que pasó.
Con un encogimiento de hombros la loba guardó su daga mientras se acomodaba en el suelo, todavía a pocos pasos de Thalder.


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