
Se llamaba Isabel. La última superviviente de una familia caída en desgracia socia y económica al grado que su único sueño personal fue hecho a un lado por un matrimonio arreglado. Ella nunca podría dedicarse libremente a su fe, ni servirá la gente aún más miserable. Isabel no temía a la pobreza ni al dolor como sus padres. Desde que la muerte se llevó a sus hermanos en cada una de las formas que conocían: Enfermedad el mayor, guerra el mediano, asesinato la que estaba antes de ella y abortado por el hambriento y dolorido cuerpo de su madre el menor, la vida le parecía un regalo de Dios y a Él quería dedicarla. Ese amor la obligó a obedecer a su padre. Ni siquiera tuvo oportunidad de adaptarse a la idea de que al cumplir quince años no entraría al convento pues bastó una mancha de sangre en las sábanas de su cama para que se fijara la fecha de la boda.
La madre de Isabel también hacía un sacrificio al aceptar que su hija se criara lejos de ella pero le estaba prohibido opinar contra los deseos de su marido. Sus ojos no se apartaban de cada movimiento que la joven hacía, pero no había en ellos la rapacidad que se leía en los de su padre, eran tristes y húmedos como los del ganado.
Isabel conoció nuevos dolores en casa de su esposo y dueño desde la primera noche de su estancia. Ahora tenía dinero, comida, sirvientas, pero ningún momento le pertenecía realmente a ella. Siempre debía estar alerta a los caprichos de la familia, prepararse para criar los hijos que en cuanto antes debía parir porque precisamente para eso había sido comprada con una dote bastante generosa que le permitía a su padre volver a ser el hombre respetado que creía ser aunque el resto de la gente solo lo toleraba por los gastos que hacía para congraciarse con los mismos que en cuanto la sequía lo dejó sin ganancias cinco años seguidos le reclamó cada objeto de valor para saldar deudas “amistosas” y que lo llamó “maldito” a sus espaldas por no poder tener un heredero propio a pesar de haberse casado con una mujer cuya familia contaba con muchos varones ilustres.
Isabel era la incubadora del heredero. Nada más que eso. El hombre con quien se casó ya había enviudado varias veces y abandonado dos esposas antes de que la ahora suegra de Isabel decidiera probar con alguien tan joven para ver si así llegaba la descendencia adecuada. La primera hija, murió asfixiada “por accidente” luego de los seis meses que Isabel sufrió de encierro en una habitación donde solamente la partera y una sirvienta entraban acompañando a su suegra. Fuera de esos rostros solo el del crucifijo en su cabecera le hacía compañía. Rezó pidiendo poder complacer a todos y agradeció a Dios el accidente, pues su marido le había gritado y golpeado hasta el cansancio al enterarse que había tenido una niña. El segundo embarazo quedó interrumpido al morir en bebé dentro de ella gracias a una patada recibida a los pocos meses en una borrachera donde el marido no pudo tomarla y la acusó de estar engordando para serle desagradable.
Su segunda hija le demostró que la muerte de la primera no fue un accidente. Isabel pudo despertar al escuchar el grito de la bebita, levantarse a medias de la cama apoyando la espalda en la cabecera y quedarse helada mientras observaba cómo a una sola mano y sostenida por la abuela, la niña era llenada de trapos en nariz y boca. Nada más y nada menos que lo que Isabel había bordado en esas largas horas de encierro para ese día.
Alyana hizo a un lado la serie de muertes, no quiso tomar todo lo que Isabel guardaba en el fondo de su corazón. La vio maltratada por las amantes del hombre que la mantenía presa porque ya no se atrevía a enviudar de nuevo, no con una esposa que era tan joven y sana. Atestiguó la violación que Isabel sufrió en el vano intento de acusarla de engaño, olvidando completamente que ella era cercana a los clérigos y que ninguno haría caso de semejante difamación. El acuerdo para que el escándalo no creciera por ese “incidente” fue que el sirviente sería ahora de la parroquia y que ella aceptaría ser enviada a una casa de campo, de donde solo podría volver si le daba el heredero a su esposo. Las damas de la sociedad no fueron tan amables, envidiosas de las riquezas y la juventud de Isabel, del renombre de la familia a la que ahora pertenecía, y de mil y un fantasías que el oro y las telas finas que ella siempre lucía en las reuniones a las que acompañaba a su suegra, fueron felices al saber que había sido enviada lejos, a la miseria de una casa de campo como si ella fuera la concubina ¿Y todo porque la muy tonta se había acostado con un sirviente!
Los rumores llegaron, crecieron y murieron en el tedio. A Isabel no le importaba. Vivía solamente con los sirvientes necesarios para su atención según en prestigio del marido, tenía ahora tiempo de orar y dedicarse a hacerle el bien al pequeño pueblo cerca de su exilio. Y, como respuesta, Dios le regaló el hijo que deseaba. El varoncito al que no asesinarían porque era exactamente para lo que ella estaba en esa casa.
Excepto que no era el único varón engendrado en ese tiempo, y del mismo hombre. La amante oficial también estaba embarazada.
Isabel mandó a llamar a su suegra e hizo la promesa de desaparecer si dejaban que su hijo viviera, suplicó e hizo todo lo que la vieja le exigió como prueba e que su promesa era real. Ese fue el primer pecado real, intencional y maligno que Isabel cometía. Tras las muertes de sus hijas y el silencio de Dios, de esa burla cruel de darle vida a su hijo y al de su enemiga, una pecadora que vivía feliz. Isabel no sintió más que alivio cuando, semanas después, su suegra regresó con la noticia de la desafortunada muerte del bastardo.
Acunó a su hijo, esta vez no fue encerrada en un cuarto, pudo abrazarlo, verlo sonreír, notar que su suegra y su marido eran cariñosos con el pequeño.
Fue a la iglesia, escribió en su devocionario la verdad de su corazón, se confesó en letras lo que no podría decir a persona alguna sin sentenciar a su hijo. Esperó hasta que nadie se fijara en su presencia y subió al campanario desde donde saltó.
Su suicidio y no el asesinato del otro bebé fue lo que la convirtió en alguien indigno de ser enterrado en tierra consagrada. Sin importar lo que hubiera amado y entregado de su vida a la Iglesia y el bien de la gente. Su obediencia a caso todos los mandamientos, a sus padre, a su marido. Nada valió. Como fantasma confirmó lo que en sus últimas horas de viva había pensado. Por eso en su devocionario había dejado escrito el juramente de sangre que la ataba a su hijo y los hijos de sus descendientes hasta el último. Los cuidaría sin importarle ya el bien o el mal.
Siempre que la necesitaran ella haría lo que fuera necesario.
Ahora Isabel esperaba poder completar esa promesa, descansando en la daga. Alyana y ella habían luchado hasta que entendió a la loba y viceversa. Era hora de que su último descendiente encontrara paz.
La madre de Isabel también hacía un sacrificio al aceptar que su hija se criara lejos de ella pero le estaba prohibido opinar contra los deseos de su marido. Sus ojos no se apartaban de cada movimiento que la joven hacía, pero no había en ellos la rapacidad que se leía en los de su padre, eran tristes y húmedos como los del ganado.
Isabel conoció nuevos dolores en casa de su esposo y dueño desde la primera noche de su estancia. Ahora tenía dinero, comida, sirvientas, pero ningún momento le pertenecía realmente a ella. Siempre debía estar alerta a los caprichos de la familia, prepararse para criar los hijos que en cuanto antes debía parir porque precisamente para eso había sido comprada con una dote bastante generosa que le permitía a su padre volver a ser el hombre respetado que creía ser aunque el resto de la gente solo lo toleraba por los gastos que hacía para congraciarse con los mismos que en cuanto la sequía lo dejó sin ganancias cinco años seguidos le reclamó cada objeto de valor para saldar deudas “amistosas” y que lo llamó “maldito” a sus espaldas por no poder tener un heredero propio a pesar de haberse casado con una mujer cuya familia contaba con muchos varones ilustres.
Isabel era la incubadora del heredero. Nada más que eso. El hombre con quien se casó ya había enviudado varias veces y abandonado dos esposas antes de que la ahora suegra de Isabel decidiera probar con alguien tan joven para ver si así llegaba la descendencia adecuada. La primera hija, murió asfixiada “por accidente” luego de los seis meses que Isabel sufrió de encierro en una habitación donde solamente la partera y una sirvienta entraban acompañando a su suegra. Fuera de esos rostros solo el del crucifijo en su cabecera le hacía compañía. Rezó pidiendo poder complacer a todos y agradeció a Dios el accidente, pues su marido le había gritado y golpeado hasta el cansancio al enterarse que había tenido una niña. El segundo embarazo quedó interrumpido al morir en bebé dentro de ella gracias a una patada recibida a los pocos meses en una borrachera donde el marido no pudo tomarla y la acusó de estar engordando para serle desagradable.
Su segunda hija le demostró que la muerte de la primera no fue un accidente. Isabel pudo despertar al escuchar el grito de la bebita, levantarse a medias de la cama apoyando la espalda en la cabecera y quedarse helada mientras observaba cómo a una sola mano y sostenida por la abuela, la niña era llenada de trapos en nariz y boca. Nada más y nada menos que lo que Isabel había bordado en esas largas horas de encierro para ese día.
Alyana hizo a un lado la serie de muertes, no quiso tomar todo lo que Isabel guardaba en el fondo de su corazón. La vio maltratada por las amantes del hombre que la mantenía presa porque ya no se atrevía a enviudar de nuevo, no con una esposa que era tan joven y sana. Atestiguó la violación que Isabel sufrió en el vano intento de acusarla de engaño, olvidando completamente que ella era cercana a los clérigos y que ninguno haría caso de semejante difamación. El acuerdo para que el escándalo no creciera por ese “incidente” fue que el sirviente sería ahora de la parroquia y que ella aceptaría ser enviada a una casa de campo, de donde solo podría volver si le daba el heredero a su esposo. Las damas de la sociedad no fueron tan amables, envidiosas de las riquezas y la juventud de Isabel, del renombre de la familia a la que ahora pertenecía, y de mil y un fantasías que el oro y las telas finas que ella siempre lucía en las reuniones a las que acompañaba a su suegra, fueron felices al saber que había sido enviada lejos, a la miseria de una casa de campo como si ella fuera la concubina ¿Y todo porque la muy tonta se había acostado con un sirviente!
Los rumores llegaron, crecieron y murieron en el tedio. A Isabel no le importaba. Vivía solamente con los sirvientes necesarios para su atención según en prestigio del marido, tenía ahora tiempo de orar y dedicarse a hacerle el bien al pequeño pueblo cerca de su exilio. Y, como respuesta, Dios le regaló el hijo que deseaba. El varoncito al que no asesinarían porque era exactamente para lo que ella estaba en esa casa.
Excepto que no era el único varón engendrado en ese tiempo, y del mismo hombre. La amante oficial también estaba embarazada.
Isabel mandó a llamar a su suegra e hizo la promesa de desaparecer si dejaban que su hijo viviera, suplicó e hizo todo lo que la vieja le exigió como prueba e que su promesa era real. Ese fue el primer pecado real, intencional y maligno que Isabel cometía. Tras las muertes de sus hijas y el silencio de Dios, de esa burla cruel de darle vida a su hijo y al de su enemiga, una pecadora que vivía feliz. Isabel no sintió más que alivio cuando, semanas después, su suegra regresó con la noticia de la desafortunada muerte del bastardo.
Acunó a su hijo, esta vez no fue encerrada en un cuarto, pudo abrazarlo, verlo sonreír, notar que su suegra y su marido eran cariñosos con el pequeño.
Fue a la iglesia, escribió en su devocionario la verdad de su corazón, se confesó en letras lo que no podría decir a persona alguna sin sentenciar a su hijo. Esperó hasta que nadie se fijara en su presencia y subió al campanario desde donde saltó.
Su suicidio y no el asesinato del otro bebé fue lo que la convirtió en alguien indigno de ser enterrado en tierra consagrada. Sin importar lo que hubiera amado y entregado de su vida a la Iglesia y el bien de la gente. Su obediencia a caso todos los mandamientos, a sus padre, a su marido. Nada valió. Como fantasma confirmó lo que en sus últimas horas de viva había pensado. Por eso en su devocionario había dejado escrito el juramente de sangre que la ataba a su hijo y los hijos de sus descendientes hasta el último. Los cuidaría sin importarle ya el bien o el mal.
Siempre que la necesitaran ella haría lo que fuera necesario.
Ahora Isabel esperaba poder completar esa promesa, descansando en la daga. Alyana y ella habían luchado hasta que entendió a la loba y viceversa. Era hora de que su último descendiente encontrara paz.


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