“Voy a darte lo que le costó la vida al campesino. Es lo que se merece y solamente tú estás presente para poder honrarlo.
La idea de usar los muertos de los pueblos es mía. Los lobos están tan cansados de la humanidad y los monstruos que han nacido de ella que ya no les importa hacer más daño. Ni siquiera con el conocimiento de que herir inocentes fortalece a sus enemigos. Me costó mucho trabajo convencerlos, pelear con cada líder de jauría para que entendiera que debían obedecer el acuerdo. Después de todo, a pesar de que cada vez son más disciplinados, los lobos siguen obedeciendo los ancestrales ritos de liderazgo de las primeras manadas y yo soy solo una humana con la habilidad de convivir con ellos en este mundo.
¿Para qué destrozar pueblos lejanos y con poco valor estratégico? Alejar lo más posible a los de la orden de sus bases, poder observarlos en nuestro dominio y definir que tan corrupta estaba ya la situación antes de preparar el ataque. Así conseguimos eliminar algunos de los vampiros novatos e inquietar a varios de los que no estaban enterados de lo que nuestra presa hacía. Vulnerar los principales centros de control de la Orden al reducir la población capaz de combatir sin que los habitantes de las fortalezas se sintieran en peligro inminente y se prepararan para la defensa. Un ataque frontal, tal como los lobos deseaban, habría terminado por cumplir con el exterminio de las jaurías y costaría muchas más existencias. Un precio que nunca terminaríamos de pagar por cazar un solo objetivo cuando lo más probable era que el vampiro que los lobos localizaron no fuese más que parte de un plan ampliamente más complejo por parte de sus semejantes”.
Por un momento el espacio se sintió mucho más frío. Era una extraña emisión de energía en el aire que los rodeaba.

“Lo que no contamos. Era con la posibilidad del éxito. Hacer salir a los caballeros de sus atalayas para recorrer los diversos dominios resultó la parte fácil”.
La imagen de un extraño guerrero cruzó por la mente de la loba en un destello tan poderoso como abrir la puerta de una casa cuyas cortinas han permanecido cerradas, a mediodía. El gruñido que acompañó al recuerdo podía helar la sangre de cualquiera, la mezcla de ira y tristeza emitida desde la profundidad de la tenebrosa figura a unos pasos del mago podía compararse a los legendarios rugidos de los demonios en batalla.
Thalder se obligó a permanecer en calma. Aún cuando vio el contraste de los colmillos a unos centímetros de él, en la canina sombra dibujada con el brillo de su magia, apenas comparable al fulgor de una vela. Que volvió a alejarse sin dejarlo solo.
--¡No huyes! ¡Bien! Empiezo a creer que en verdad tu propósito es aprender para no repetir los errores. Compartir tu conocimiento con otros.
Thalder sonrió al darse cuenta que ella solamente evitaba hablar de lo que la había perturbado. La furia no era contra él, sino contra sí misma.
-- Te escucho.
Un suspiro, otro roce de garras en el suelo. Y la loba siguió comunicándose.
“Una vez encontré a alguien de mi vieja vida, terminamos de lados opuestos del tablero.
¿Sabes cómo nace un héroe? Yo creía saberlo. Creía que bastaba con ser coherente el máximo tiempo posible y la oportunidad de merecer esa palabra llegaría. Que aquellos que más lo desean lo cumplen en cuanto ven la ocasión sin dudarlo. Pero ese encuentro me demostró que no es cierto.
El guerrero que encontré había pedido durante años ser parte de la Orden, ser reconocido por sus habilidades y espíritu de entrega. Incluso por un tiempo me buscó para que la historia de un compañero de armas no fuese olvidada, pero al ser enfrentado no pudo con lo que se esperaba de él. Simplemente lo que había prometido. Y, sin embargo, entre los cronistas ya corre la historia de su heroísmo, y eso es lo que será recordado de él. Aunque nada haya hecho para merecerlo.
Es responsabilidad mía haberle dado importancia. Fui uno de esos cronistas que creyó solamente en la promesa. Y esa es una de mis deudas con la vida”.
Thalder se permitió aumentar un poco más el resplandor. Y la encontró sentada, mirando a una estrella que alcanzaba a distinguirse entre los restos de una pared.

