La caverna de los vencidos.

No encontraría nada más en su camino. Habiendo deseado el perfume de la tierra húmeda y la fruta, estaba nuevamente envuelta en el aroma dulzón de los cadáveres secos. Los huesos que crujieron bajo sus pisadas ahora si se reunirían con el polvo que los envolvía desde muchos antes de que ella o Thalder nacieran. Esas no eran las personas asesinadas mientras ella trataba de eliminar una de las plagas que la Orden tenía en el núcleo de una de sus fortalezas muy a pesar de que eran considerados los seres más implacables con lo corrupto, el brazo armado de los representantes de lo sagrado. Tampoco eran los acordados sacrificios para preservar a los más vulnerables. Y sin embargo, la tenían ahí, escuchando los susurros de sus almas sin descanso.

Esa caverna era el regalo de uno de los dragones, el que ella tenía a unas centímetros con los huesos expuestos donde la montura del que fue su compañero de armas no abarcaba y desde donde ella podía ver, con los fantasmales dones de la daga, las mordidas todavía chorreantes de veneno que uno de los dragones independientes consiguió infligir antes de volar camino a las tierras que años después seguirían dando frutos de huertos sin que manos humanas pudieran volver cosechar , hasta que la flora silvestre venciera a la doméstica en resistencia. Ese osario cavado después de la crónica de las glorias del reino al que servían no era idea de ninguno, los agonizantes pensaban sólo dormir un momento, cobijar con sus cuerpos a los humanos mientras se planeaba algún contraataque o llegaban refuerzos desde las colinas. Ni bestias ni humanos se imaginaban que lo más cercano a la piedad que los independientes habían aceptado era permitir que los guerreros sin montura se llevaran a las mujeres y los niños lo más lejos que pudieran antes del amanecer. Iluminando el camino de los exiliados con ráfagas de advertencia ocasionales para impedir que se organizara cualquier forma de contraofensiva.

El mayor de los dragones recordaba ese templo como uno de los pocos lugares seguros, donde los rebeldes también habían vivido en armonía con aquellos a los que ahora veían como adversarios y buscaban borrar su rastro como gobernantes sin querer escuchar que el servicio no era esclavitud. Ellos nacieron en los dominios de esa raza y fueron cuidados por los hombres los años que cualquier otra cría habría tenido que sobrevivir enfrentando sus numerosos adversarios mientras era una torpe criatura no mayor a un caballo y sin las habilidades que le entrenamiento les daba en mucho menos tiempo del que habría tomado sin los maestros que al crecer no resultaban un peso mayor al de una escama suelta. Y sin las molestias que esa situación significaba porque ellos siempre se encargaban de mantenerlos aseados, y cómodos cuando no se combatía contra otros reinos. El mayor no sabía durante cuántas generaciones el acuerdo se había mantenido. A los dragones ni es importaban los humanos que no fueran los suyos y servirles para aterrar poblados, devorar el ganado, quemar los campos y secuestrar a alguno de otro de los adversarios era parte de la diversión que de vez en cuando tenían y que los mantenía alerta cuando un era su turno de gozar el largo letargo que su especie siempre disfruta entre el los metales y las piedras que acolchonaban sus cuevas.

También era cierto que muchas veces se despertó a uno de ellos solo para que conviviera con su nuevo compañero porque el otro había muerto y que algunos decidieron preferir la comodidad a los lazos afectivos. Y fueron ellos, los que no les importaba nada más que su conveniencia y no los que creyeron en el sueño de una vida salvaje, quienes al final inclinaron la balanza a favor de una masacre olvidada por los sobrevivientes de esa maravillosa sociedad.

Convirtiendo a los dragones en los monstruos de muchas historias que nunca sucedieron como los cronistas las narraban frente a fogatas que para muchos de los que guardaron silencio, todavía eran tenues reflejos de la luz en las pupilas de sus protectores abandonados en la montaña.

Pudo ser una muerte más cómoda para los humanos y los más jóvenes. Una sola, profunda llamarada y las paredes se habrían fundido, quedando él y los otros viejos encerrados entre las cenizas de sus amigos. El espíritu hablaba directo a la mente de Alyana, liberando su pesar. “Lo hablamos mientras desmontaban creyendo que nuestros susurros eran solo por el miedo a ser cazados. Los cinco sabíamos que nadie saldría de esa cueva si no era para unirse a los rebeldes o sucumbir entre sus garras. Morir destruyendo el último vestigio de nuestra historia o matarlos lentamente: Primero a los jinetes al retirarles el aire con nuestra propia respiración, luego a los más jóvenes en su letargo”. Con una leve variación en la luz que lo ligaba a Alyana la guió a observa los bultos más grandes, no caballos, jóvenes dragones con el cuello roto. “No debes molestarte en preguntar cómo es que los otros murieron. Creo que traes contigo la magia adecuada para tomar de mí lo que falta y ayudarme a cumplir mi propósito”.

Thalder no podía escuchar la conversación de Alyana y el dragón. Para él algo pasaba pero no le correspondía interferir. Una mujer arrodillada frente a los huesos de una bestia muerta tanto tiempo atrás que los huesos se petrificaron rodeados del polvo de la piel seca, bajo una montura de metal sostenida apenas por la inercia al haberse desmoronado las correas con la carne. Los huecos donde alguna vez hubo ojos de mirada feroz ni siquiera tenían vestigios de telarañas porque en ese lugar nada vivo permanecía mucho tiempo. La vieja magia lo impedía consumiendo la energía vital de los intrusos y eso lo sabía bien el mago porque él mismo comenzaba a sentir el desgaste, el dolor y el cansancio que la lucha de su cuerpo por preservar la existencia realizaba. El dolor de cabeza, la pesadez de los ojos, su pulso cada vez más lento, la mirada desenfocándose y la certeza de que no se iría del lugar sin Alyana lo obligaron a golpearla. Estaba seguro que debía sacarla del trance o ambos morirían, que ella estaba ahí precisamente para eso, tal como le dijo. Conocer la verdad sobre esa historia antes de perecer.

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