Reencuentros Parte 1

Pasó un largo tiempo antes que los sentidos de Alyana pudieran coordinar lo que cada uno recibía y lo que los recuerdos de otros despertares le traían: El olor a sangre, humo, polvo, carne quemada y en descomposición ya no era el aire que sus pulmones recibían pero su mente se negaba a dejar atrás la alerta. Lo mismo pasaba con la sensación de que al abrir los ojos se encontraría con los cadáveres y las ruinas de aquellos lugares cuyo paso y el de la entidad con quien compartía el lazo del orígen de la daga ocasionaban casi inevitablemente.

No era roca, ni el suelo aplastado por miles de pisadas lo que estaba debajo de su cansado cuerpo, podía sentir la tela, la suavidad de la manta que le evitaba sentir frío a pesar de que una brisa fresca rozaba su cara. Las voces que ocasionalmente alcanzaba a percibir no tenían el tono de mando, el miedo o el dolor que esperaba, tampoco había gritos lejanos ni gemidos de heridos y moribundos. Tenía sed pero no había en su boca polvo, cenizas ni sangre, solamente su saliva que mantenía la sensación de haber conocido el agua.

Eso es lo que la hizo reunir la voluntad suficiente para tratar de ubicarse. De alguna manera sabía que Thalder ya no estaba, pero que dondequiera que la hubiese llevado no la dejó sola.

Lenta y dolorosamente abrió los párpados, el peso de una parte tan pequeña de su cuerpo la hizo recordar el ardor del humo cuando quedó atrapada con el vampiro que ella y los lobos consiguieron acorralar en la base de la Orden. La manta resultó ser blanca con un extraño bordado y no la negra que ella esperaba encontrar. Movió la cabeza sintiendo el soporte de una almohada suave y con un aroma a fruta que aceleró a la vez la sed y el hambre cuando sus ojos se acostumbraron al contraste de la luz que entraba por la ventana y el tazón lleno de duraznos, manzanas y naranjas colocado a su alcance, junto a una jarra de agua cuyo contacto con la luz ofrecía una miniatura de arcoiris que ascendía desde la almohada por una pared encalada.

Al escuchar pisadas de alguien más grande a poca distancia pero aminoradas por la pared que los separaba, notó que esa era sólo un habitación anexa a algo mayor. Se calmó un poco mientras pensaba que podía estar en alguna de las bases de la Orden o quizá en una Torre de Hechicería, se enfocó en tratar de acomodarse para aceptar el gesto de hospitalidad. Su torpeza superaba toda memoria anterior, derribó la fruta al solamente tratar de agarrar el vaso ya servido y tuvo que aferrarlo con ambas manos una vez que logró equilibrarlo. Bebió con avidez y casi se alegraba de notar acercarse las pisadas. De poder conocer a su anfitrión al que el sonido de las frutas cayendo y rodando en el suelo atrajo. Cuando la tonada se deslizó entre los libros del otro cuarto, el brevísimo pasillo, y vibró con el agua hasta los nervios de Alyana electrificando sus músculos y forzarlos a soltar su presa ante el dolor.

Pues ahora ella sabía dónde se encontraba. Pero no por qué continuaba con vida estando en ese lugar.

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